Ahora que se acerca la navidad, recuerdo una que viví hace muchos años, tendría yo 7 u 8 años. ¿Que por qué la recuerdo? Verán lo que pasó…

Cada Navidad mi padre nos despertaba a las 12 de la medianoche para abrir los regalos, yo era muy dormilona y de verdad que no me entusiasmaban los juguetes, yo prefería irme a la cama. Pero ese año, mi hermano mayor, Hernán, como a las 8 de la noche me dijo en voz baja: «¿quieres ver un secreto?» -y me hizo la señal de silencio con la boca-.

Para mí, él siempre fue mi hermanito preferido y le hacia caso en todo, de manera que lo seguí escaleras arriba al segundo piso, allí estaban los cuartos: el de papá y mamá y al fondo el de nosotros, que eramos cinco en ese entonces.

Él se detuvo ante la puerta del cuarto de nuestros padres, puso el oído en la puerta y después de un rato me dijo: «ven, entremos» -lo seguí asustada-, no solía meterme en ese cuarto, solo cuando tenía miedo era que iba a donde mamá para que me consolara.

Ya adentro, fuimos hasta el escaparate grande de mamá. Hernán lo abrió y en su interior habían unas cajas. Abrió una y me la mostró haciéndome otra vez la señal de silencio, yo me asomé y vi allí a mi muñeca “Bebé querido” todavía envuelta y unos carritos. Lo miré extrañada, porque yo en mi ingenuidad, todavía no me había dado cuenta de lo que eso significaba.

Aquella noche no me dormí, y vi con los ojos entrecerrados a papá cruzar el cuarto y poner los juguetes junto al arbolito de Navidad, ese fue como el punto final de mi creencia de que el Niño Jesús me traía juguetes.

Pero sigo pensando que la Navidad es una época para reunirse en familia, para recordar al salvador que, según la tradición, nació en este día.

 

Ninfa Durán

ninfaduran4@gmail.com

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