Como a las seis de la tarde ya los muchachos de la cuadra estaban reuniéndose frente a mi casa, para salir a golpe de siete de la noche -en fila india- e ir a patinar a una gran plaza tomada por la juventud, con sus gorros tejidos y sus bufandas multicolores.

Mi hermano Carlos siempre estaba “en la jugada” y cuando no estaba tocando el cuatro dirigiendo los aguinaldos, estaba organizando a los muchachos para un baile, una rondalla o cualquier actividad, que  le pasara por la cabeza.

Yo no pude estar “enchufado” en ese grupo como hubiera querido, porque los muchachos -así les decía- me llevaban muchos años y aún usaba pantalones cortos, razón suficiente para que mi celosa madre, me tuviese reducido en espacio y tiempo, además de custodiado.

Desde entonces, ha cambiado mucho el compartir navideño, al punto que es raro ver grupos de niños patinando en una plaza y haciendo juegos de grupo como si estuvieran bailando salsa casino. Pero, aún recuerdo las misas de gallo, bien tempranito y el recorrido con el cura de la parroquia para bendecir los pesebres.

Yo estaba pendiente del chocolate y de los “ponquesitos” que nos daban al llegar a una casita, sobretodo de andinos.

En esas patinatas de larga distancia nunca participé porque era muy pequeño y mi madre no me dejaba, pero mis hermanos mayores recorrían en pandilla largos trechos hasta Los Caobos y allí pasaban toda la noche patinando, y si estaban enamorados de alguna “china”, pues llegaban al salir el sol.

Entonces, mis patinatas eran frente a mi casa, de un lado para el otro, bajo la mirada de ventilador de mi abuelita, asomada a la ventana, como si mamá le hubiera dado una encomienda muy expresa.

Luis Rapozo

luisalfredorapozo@gmail.com

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