En una aldea llamada La Villa, vivía una niña que no conocía al Niño Jesús. Año tras año ella lo esperaba, pero él no pasaba por la polvorienta y única calle de su infancia.

Una de esas navidades al verla triste su mamá le dijo: «Hija, el Niño Jesús no viene por estos campos porque vivimos muy lejos. Pero, ¡mira, tu papá te ha comprado un lindo traje!».

Como toda niña, la de este cuento tenía una madrina que vivía cerca de la iglesia del pueblo vecino, y ese año su papá la llevó a pasar la Navidad con ella.

¡Llegó el gran día! ¡Era medianoche cuando la madrina la despertó para ir a la misa de gallo! Aún tenía los ojos cerrados cuando entraron a la iglesia. Fueron a ver el pesebre con sus figuras de yeso; San José de pie, arrodillada María, inquieta la mula e indiferente el buey. En el centro tapado con un paño blanco estaba el Niño Jesús, sus brazos asomaban por la tela como queriendo abrazarla.

En ese instante suena la música. Por la nave central avanza un grupo de jóvenes, al ritmo del cuatro, las maracas, el tambor y el chapero, cantan alegremente: «la capilla está abierta de noche y de día, cantaremos todos el Ave María, la capilla está abierta…».

«¡Son los aguinalderos!», le dijo la madrina, conmovida al ver sus ojos que brillaban como estrellas, aquella su primera Nochebuena.

Pasaron muchas alegres y felices navidades, pero la felicidad del primer encuentro con Jesús quedó grabada en el corazón de la niña. Absorta en este pensamiento oyó una vocecita que desde adentro le decía «¡siempre hay un Belén cerca de ti!», «sí»-se dijo ensimismada-.

Y en cada niño o niña que viene a acompañarnos en el mundo, vuelve con el don maravilloso de su luz, el espíritu divino de aquel pobre niño de Belén.

Así fue como concibió la idea de hacer este cuento para el niño que vive en mi corazón.

¡Feliz Navidad!

Adilcia Alvarado

vyasmic@hotmail.com

SIN COMENTARIOS

Dejar una respuesta