Raúl Isea.- Existen personas que desean creer en Dios y lo abrazan en público y en las iglesias, pero no lo hacen en su realidad.  Vivimos en un mundo rico de tentaciones que nos desvían de la razón de nuestra existencia: convivir y abrazar a Dios.

Es un destino individual con diferentes matices donde el egoísmo, la envidia, y demás impulsos mundanos nos desvían de nuestro camino: vivir con Dios.

Existe un solo Dios, es el Dios de la fe, el Dios de los cielos, donde brota su misericordia gracias a la revelación recibida por el Espíritu Santo. Ese mismo espíritu que le dio vida a Jesús desde las entrañas de la Virgen María, y él que le permitió a Jesús escuchar la voz del Señor en las orillas del Jordán.

Un Dios en tres esencias para que  reconozcamos su existencia, un Dios que se hizo hombre para que aprendamos a reconocer su amor.

Dios es nuestro único destino, y no un mero concepto inventado para aliviar nuestra existencia terrenal. No aceptemos al dios de las letras o al dios de los estudios filosóficos porque la ciencia desee imponer ello. Dios es una revelación personal que se nos presenta a través de sus obras.

Dios obra en las personas cuando lo aceptan en su vida, y no a través de unas letras vacías.  Las letras existen para que nuestra alma reconozca que solo hay un Dios, el Dios de Abraham, el mismo de Isaac y de Jacob. Ese es mi Dios.

Confieso que estoy aprendiendo a sentir su amor.  Soy testigo de sus obras gracias a los susurros que escucha mi corazón. Vivo su vida, porque mi existencia es y será convivir en su amor.  Él es mi fuente de vida, mi único camino y la razón de mi existir. Él es mi alfarero que moldea mi destino.

No juegues a ser Dios a través de hechizos y brujería. Reconoce que Dios obra en ti, así como en mí. Dios te quiere a ti como también tú lo quieres a él.

Somos su creación, somos su voluntad. Somos su amor.

 

Raúl Isea

raul.isea@gmail.com

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