Fue en una época navideña, cuando empezaba a soplar la brisa fresca decembrina, en una casa de familia en Anaco, estado Anzoátegui.

Mi padre, cansado por la enfermedad que lo aquejaba, daba visos de lo que podían ser sus últimos días. Hablaba de su infancia, de sus travesuras en el mercado, de sus amoríos tempranos. En uno de esos momentos, me dijo que le gustaría recibir como regalo de Navidad una hamaca de moriche. Una de las que usaba su abuela. Que tuviera perfumes de la naturaleza en sus fibras y se viera el trabajo delicado que hubiera aportado una india en su confección.

Enseguida me dediqué averiguar dónde podía conseguir una auténtica hamaca de moriche. Decidí ir a Cachama, un pueblo cerca de Anaco. Allí, Marta, una matrona del sitio, me dijo que tenía solo una para la venta y que estaba apartada, pero al escuchar el relato de para quién era, se mostró dispuesta a negociarla. Una vez conseguido el objeto deseado, esperé el 24 de diciembre en la mañana.

El día despuntó con las actividades propias de un 24. Cuando trajeron a papá del cuarto, le colgué su hamaca nueva para que la disfrutara, se acostó en ella y se relajó feliz con sus nietos.

No fue su última Navidad en familia, pues su recuperación fue inmediata, como magia, como un milagro. Supe ese día, que se había cumplido mi propio deseo de Navidad en el cuerpo de mi padre.

Eugenio Bello

josuegil01@gmail.com

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