José García | guaicaipuro14@hotmail.com.- En nuestras vidas de liceístas siempre nos hemos encontrado con docentes que por sus características particulares difieren unos de otros en sus métodos de enseñanzas, en sus estrategias para evaluar, en su forma de transmitir el mensaje. Cada profesional es único, solo que las consecuencias las pagan los discentes que caen en sus manos.

No se trata del personaje de la comiquita de mis tiempos de infancia. Resulta que, allá por la década de los años 70, en el liceo 19 de Abril, subida El Amparo, Caracas, había un profesor que impartía la cátedra de matemáticas a todos los niveles del bachillerato, donde mi hermana menor, Milagros, y yo estudiábamos.

El preceptor se llamaba Paúl Rojas, de entrada edad, se caracterizaba por ser una persona de contextura esquelética, de mejillas famélicas, nariz aguilucha, no perdonaba una caja de cigarros, usaba lentes negros, siempre andaba con un flux gris sin corbatas, los compañeros lo criticaban porque no se cambiaba el traje. Era dueño de un carro de aquellos más largos que un flato de culebra.

El meollo del asunto es que el mencionado profesor, al aplicar una prueba, de 20 estudiantes le pasaban dos. No perdonaba ante las apelaciones estudiantiles, por lo que muchas veces fue víctima de agresiones verbales y hasta el vehículo más de una vez lo encontraba con los cauchos pinchados y vidrios rotos.

Usted podía observar en las paredes del instituto consignas como: “Fuera Paúl Rojas”, pero él no se amilanaba ante las venganzas y continuaban los aplazados en sus exámenes.

Era intransigente. En la oportunidad, cuando había un reprobado con 9,5, no le colocaba el 10. Para sacarle un 18 había que ser Einstein.

Particularmente, no logré pasar la cátedra en 5º año. Tuve que presentarla en otro liceo, así como muchos de mis compañeros que actualmente son excelentes profesionales de la sociedad. Nunca tuve resentimiento contra el educador, de hecho, con el transcurrir de los años, este relator ya como profesional asistencial se lo encontró en el Hospital Militar Carlos Arvelo. En esa oportunidad, lo orienté en relación con un familiar que él tenía hospitalizado allí. Olvidándome de su severidad, solo llegó a mis neuronas cuando, en su ausencia, le decían: Tiro Loco, el matemático.

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