Atascado en el fango

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Roberto Molinares.- Siendo medianoche, mi padre salió en busca del único vehículo que había en el vecindario. Yo estaba muy pequeño, me asfixiaba con un ataque de asma. Bajo una pesada lluvia, papá tocó la puerta del señor Silvino.

El hombre señaló con resignación un Mercedes Benz que bien podía ser exhibido en un museo. «El auto está a la orden, pero tiene tiempo que no enciende, a menos que  ocurra un milagro» -dijo el señor Silvino-. A pesar de las dudas, el auto encendió y, además, ocurrió otro prodigio esa noche.

Cuando intentaban llevarme al hospital, el vehículo se hundió en un bache pantanoso. Las ruedas del antiquísimo carro negro rugían y salpicaban fango en un remolino de frustración. Empapado y con el lodo hasta las rodillas, mi padre empujaba en solitario pero lo asistía sobrenaturalmente un poder desconocido. No solo fue el hecho de empujar.

Al fin y al cabo, el vehículo pudo haber encontrado algo de fondo para salir del hueco, pero mi padre siempre aseguró haberlo levantado en vilo. Barnizado de pantano, papá abrió la portezuela y se introdujo manchando la fina tapicería del clásico. El señor Silvino lo miraba sorprendido. Seguramente se preguntaba cómo lo había logrado. Sin tiempo para despejar enigmas, el auto se puso en marcha pues yo luchaba en busca de algo de oxígeno.

Cada vez que nos encontrábamos con el señor Silvino, papá insistía en que le saludara con deferencia. Me obligaba prácticamente a hacerle una venia. Mi padre quería que aprendiera a expresar el agradecimiento.

Silvino era muy respetuoso, lucía un bigote canoso y vestía casi siempre de traje y corbata. Cuando el señor Silvino se alejaba, mi padre me llevaba hasta la calle, ahora pavimentada y ya sin vestigio alguno de la hondonada que casi nos engulle.

Se paraba en medio de la calle y me señalaba el punto exacto donde todo había ocurrido. Bajo la lluvia, a pesar de sus pocas fuerzas, en ese lugar, mi padre se había convertido en titán en medio de la noche.

Después de aquella ocasión, el auto del señor Silvino nunca más encendió.

Roberto Molinares

robertomolinares@gmail.com

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