Carta a una hermana

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Querida hermana.

Me reclamas el silencio, y es cierto: casi he estado mudo  desde que trabajo en las minas. Debe ser la costumbre de vivir en el subsuelo, en las catacumbas, lo que me ha vuelto algo sonámbulo. Casi me he llegado a desinteresar por la vida de la superficie y de esa gente que deambula en masa por las redondeadas costas del planeta.  Discúlpame ese silencio. Aquí en el fondo se aprende a querer más a nuestro planeta, pues uno se une a la tierra con lazos más que terrestres.  Es mejor que no veas una foto de mi cara, porque estoy magro y envejecido de tantos luchar en las extrañas de la tierra que tanto ha hecho por todas las generaciones que la han habitado desde la más remota antigüedad, y que hoy, sus depredadores, los crueles amigos del dinero, la quieren convertir en inhabitable, creyendo que con sus viles corporaciones y millones van a salvarse si sobreviene una hecatombe. ¡Pobres miserables!

He decidido pues, no enviarte una foto de mi cara, sino más bien una de mis viejas botas de trabajo puestas sobre la pequeña repisa que a cada minero le asignan para uso personal. Los papeles que ves son mis sobres de pago. ¡Tan poco se necesita para vivir en las profundidades de la tierra, pues aquí no hacen falta esos lujos y apariencias incómodas que se ven obligadas a usar la gente que vive en la superficie!

Te pido, te ruego más bien, que me mires y recuerdes a través de esas botas. En su apariencia, usadas y gastadas por el trabajo diario, puedes imaginar a tu querido hermano que tanto te quiere y recuerda.  Saludos

Artemio Cepeda

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