Margaret González.- En días de verano, la hierba se pintaba de amarillo y el resplandor producía ceguera. Eran las diez y caminaba con mis hermanos, madre y amigos hacia la playa. Luego de 15 minutos, llegamos a un pasadizo con grandes árboles que le daba apariencia de túnel, allí hacía menos calor y la brisa cautivaba al refrescar el rostro.

El olor a madera y el mar daba sensación de bienestar y ese día había muchas personas en la playa y los niños corrían por la orilla lanzando platillos, otros se golpeaban con la arena o se enterraban en ella. Me quedé admirando el paisaje y mi madre me sacó del embelesamiento cuando halo mi oreja diciéndome: -vámonos. Seguimos deambulando y desde atrás observaba los pies de los adultos hundirse en la arena, porque los míos se quedaban sobre la superficie. Observé las palmeras llenas de cocos, y me parecían tan altas que llegaban al cielo. Algunas se habían caído y formaban un puente sobre la tierra y el mar.

Un adulto le comentó a mi madre que debajo del puente se formaban remolinos y que se habían ahogado dos niños. Sentí miedo y me alejé del lugar, pasamos la desembocadura del río, que llegaba con su agua dulce y clara al mar para mezclarse, era muy fría y los pececitos de colores huían hacia las ramas de los manglares. En una parte pedregosa se miraba aguas cristalinas con jaiba y cangrejos, los cuales servían para preparar caldo.

Por fin llegamos y los niños corríamos alegres pasando a los adultos y nos lanzábamos en la arena porque allí estaba dura y fría a pesar del sol, después de revolcarnos como perros nos quitábamos los zapatos y las ropas e inmediatamente nos metíamos al mar pero en esta ocasión, yo me quede sentada observando a mis hermanos correr y surcar el agua que salía disparada y regresaba con la misma rapidez. Dejé caer mis delgados brazos sobre mis muslos y coloque los dorsos de mis manos en mis mejillas, algunos adultos también se fueron a bañar y sus cuerpos se hacían diminutos por la lejanía.

Ese día el mar parecía un plato, tenía poco oleaje y su superficie era plana, algunos viejos decían que cuando el mar estaba así era porque estaba digiriendo lo que se había comido.  Quizás mi desgano era porque no sabía nadar y tenía que bañarme con agua y arena, en la orilla. Mi madre hablaba de forma amena con una amiga y yo decidí introducirme en el mar. Caminé lentamente y sentí el agua tibia, me inclinaba para golpearla, porque esa playa secaba mucho y se tenía que caminar kilómetros para conseguir profundidad. Avance lo suficiente hasta que el agua llegaba a mi abdomen, allí estuve sola porque mis hermanos y los adultos estaban lejos, el agua estaba salada y yo movía mis piernas para sumergirme, abrir los ojos y ver dentro del mar, también aguantaba la respiración y bajaba al fondo para tocar con mis manos.

No sé cuánto tiempo estuve allí caminando de un lugar a otro, chocando con algas marinas las cuales colocaba en mi cabeza. Sin percatarme me fui alejando, al punto que el agua me llegaba al cuello. Intente avanzar y no podía, porque el mar me aspiraba como una máquina y me llevaba a su profundidad, comencé a desesperarme y miraba a mi madre que continuaba conversando y no volteaba hacia el mar, abrí la boca para pedir auxilio pero fue imposible porque el agua entraba en ella. Trague mucha agua y retrocedía, las olas tapaba mi nariz y mis ojos, no podía sumergirme y nadar. Cuando pensé que era mi fin choque contra un cuerpo suave, era la Chicha que me levantó por los brazos y me sacó del agua, diciéndome: – te estas ahogando. No recuerdo si mi madre me regaño o castigó, solo sé que si no me hubiera encontrado con mi prima formaría parte de los arrecifes de Cauranta.

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