Tengo bien a dirigirme a ustedes con el fin de contarles el secuestro y robo que viví el pasado mes de diciembre de 2017. Era un día viernes, cerca de las 7:40 p. m., en Cúa, municipio Urdaneta, entre el sector Aparay y la localidad de Tacata.

Aquel día, como de costumbre llego al terminal de pasajeros de Cúa, donde abordo la camioneta con destino a mi hogar, perteneciente a la línea El Milagro de la Fila, con dirección a la urbanización Valle Humboldt y sector El Conde.

El autobús iba full de personas por los problemas fuertes de transporte que presentamos en la zona. Al arrancar la camioneta hacia el destino indicado anteriormente, toma la avenida perimetral, a la altura del polideportivo de Aparay, deja a unos pasajeros allí y automáticamente cuatro sujetos con armas de fuego que, por supuesto iban en la camioneta montados desde el terminal, comenzaron a dirigir al chofer indicando que quite el aviso y sometiendo a todos los que en la camioneta íbamos.

Los delincuentes iban golpeando a muchos con la cacha de las armas, inclusive a mi persona, quien iba cerca de la puerta de entrada. Me partieron la cabeza. Luego estos sujetos decían con groserías que estaban drogados, a su vez, dirigían al chófer a la vía de Tacata.

Nos decían que bajáramos la cabeza, que no les viéramos la cara, lo repetían una y otra vez. Luego nos mandaron a desvestirnos y a echar en bolsas todo lo que llevábamos con nosotros (nuestras pertenencias, comida, ropa, celulares, joyas, etc.) quedamos completamente desnudos hasta llegar al punto donde nos bajaron de la camioneta, estimo que ya eran las 8:30 p. m.

Un aproximado de 30 pasajeros entre niños y adultos, unos llorando, otros gritando, yo tocando mi cabeza con sangre en la mano, aún sin dolor por el golpe, imagino que por el shock de lo que estaba viviendo.

Comenzamos a pedir ayuda a todos los carros que pasaban por allí, sin éxito alguno, nadie se paró hasta que llegamos a la casa de una señora mayor en compañía de su hija, solo nos dieron agua y nos decían que no nos moviéramos de ahí, que la zona era peligrosa.

Pasamos largo rato buscando los medios para comunicarnos con nuestros familiares, en eso aparece la camioneta de pasajeros en donde íbamos. Los vándalos, al dejarnos allí, se llevaron al chófer con todo lo que habían robado. Al rato que lo soltaron, regresó porque entre los pasajeros había una muchacha que acompañaba al chofer y la vino a rescatar, de no ser así tal vez la historia hubiera sido diferente.

Todos abordamos desesperados la unidad, recogiendo del piso de la camioneta la poca ropa que conseguimos. La camioneta al menos tuvo la nobleza, por decirlo así, de llegar a la urbanización Valle Humboldt y dejarnos allí, dejar que la gente revisara el piso buscando algo de sus pertenencias, como papeles personales, cédulas, tarjetas, etc.

La gran pregunta que nos invadió a todos durante este recorrido, desde el terminal, Aparay, vía Piñango y luego Valle Humboldt, es: ¿De verdad jamás se apareció ni por casualidad un policía, ni municipal, estadal, o nacional y menos la Guardia Nacional? ¿A quién le reclamo? ¿Dónde denuncio?

En el Cicpc, solo dicen que si no hay muerto ellos no se mueven para hacer nada, por ni siquiera por una violación es lo que entiendo de esta respuesta de estos seres humanos, sin humanidad total, absolutamente todos los entes de seguridad son cómplices de esta situación.

¿Qué hacer cuando se presenta un hecho así? Tristemente he de pensar que el problema hay que acabarlo de raíz y no se trata de destruir una institución y crear otra con la misma gente, se trata de cambiar conciencias, trabajo que ningún gobernante se ha dedicado a hacer. A sembrar valores no solo del hogar, sino de comunidad, de sociedad.

Hoy me pregunto: ¿Será necesario acabar con más de la mitad de la población venezolana para poder eliminar el mal de raíz?

Lo poco que queda de esta sociedad no sirve, es de mencionar que creo que todavía existen buenas personas, pero lamentablemente no se pueden exponer, solo toca seguir la corriente, porque esto es sobrevivir, jamás se puede llamar vivir, porque en el concepto de vida no caben este tipo de atrocidades.

Se despide una persona decepcionada de los habitantes de esta hermosa Venezuela, quien pide un cambio a gritos de conciencia ciudadana.

Dayanet Mujica

dayanetmube@gmail.com

 

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