El libro de recetas

0
818

No sé qué hace que un objeto se haga invaluable. Solo sé que cuando pasa, adquiere esa cualidad de entrañable recuerdo. En 1987 le regalé por el Día de la Madre a mi mamá un libro: Dulcería criolla, de doña Emma de Barboza.
Yo no era precisamente lo que llamaríamos un buen hijo, o un hijo modélico; por el contrario, tantas metidas de pata en la vida y a tan corta edad (17) habían terminado por alejarnos prematuramente, por lo menos en el aspecto afectuoso, manteniendo siempre una relación, cuando mucho, cordial.
Ese año, mis hermanos habían acordado regalarle un viaje, pasar el día juntos en una playa, nunca fui muy apegado a esos paseos familiares y me había perdido el viernes y sábado en una fiesta no recuerdo dónde. Llegué el domingo con una gran resaca casi al momento de ellos partir, apenas a tiempo para entregárselo, tuve que gritarle que se esperaran, corrí al cuarto a buscarlo, se lo di en la misma bolsa en que me lo vendieron, sin papel regalo ni dedicatoria, como nunca fuimos muy afectuoso, se lo entregué sin muchas palabras: “Mira, te compré esto”. Ella lo tomó así sin más y se lo llevó sin sacarlo de la bolsa.
Atesoró ese regalo como ninguno. Yo encontré una forma de redención y acercamiento, todas esas tardes y recetas terminaron por unirnos a todos como familia.
El libro tiene todas las cicatrices y marcas que tiene un texto cuando se ha leído y disfrutado muchas veces.
Mi madre se dedicó a endulzarnos nuestros recuerdos, ella no necesitaba una ocasión especial para hacer cualquier receta que allí encontró. Hoy, su nieta le regala a su mamá unos deliciosos golfeados hechos según la receta del libro. Y, en cierto modo, es como si las manos de mi madre trascendieran el tiempo y el espacio para seguir endulzando nuestros días.

SIN COMENTARIOS

Dejar una respuesta