Benigno Mujica.- Caracas, es la capital de muchas historias. Al día ocurren tantas que no hay cronista que pueda organizarlas todas, sobre todo la de esa cara de la Caracas que no resalta, la de la gente común que grita, que se saluda con insultos amistosos como en ninguna otra parte del mundo. Esa otra cara de Caracas que abriga a indigentes, a personas honestas y educadas, a ladrones callejeros y de oficinas, a gente que cree, ayuda y ama.

Esta es otra historia de Caracas ocurrida en una fría tarde decembrina. Él, estaba algo malhumorado por la larga cola en el terminal de pasajeros de La Bandera. Ella, estaba cansada por la espera y comenzó a quejarse en voz alta, aunque sin gritar fue suficiente para que él escuchara; sin perder tiempo ni oportunidad, él hizo un chiste sarcástico de la queja, ella volteó divertida agradeciendo con una sonrisa; sonrisa que abrió paso a una afable conversación.

Al cabo de una larga espera por fin llegó un autobús, especulando, por supuesto, con el pasaje, aprovechándose de la necesidad de los usuarios.

Él viajaba por cuestiones de trabajo y como en casi todos sus viajes llevaba consigo un libro, era el turno de Isabel Allende, una de sus escritoras favoritas, libro que dos horas antes había comprado bajo el puente de Fuerzas Armadas.

Ella viajaba por razones familiares. De momento sintió un repentino silencio y volteó a su derecha, ya que momentos antes aún conversaban, le llamó la atención la portada del libro que él estudiaba sentado a su lado.  Amablemente se lo pidió para ojearlo y le fue concedida su petición.

Ella también leía a Allende y le recomendó La ciudad de las bestias, ahora le agradaba un poco más el joven por ese hábito poco cultivado en la generación actual.

Comenzó el viaje con ellos hablando de libros y autores, coincidiendo en varios puntos, discrepando alegremente en otros.

Ella, una mujer de cuarenta y tantos que hubiera podido ser la protagonista ideal de Arjona, de cabellos rubios libres, ojos verde aguamarina, de piel bronceada, con una figura de modelo renacentista y un aura magnética impresionista.

Él, un joven de tres décadas de talante vulgar, piel canela y locuaz. Él evitaba verla a los ojos, tratando de evitar el sortilegio de su mirada felina y la atracción que de ellos emanaban. Ya su instinto empezaba a manifestarse y la mirada resbalaba de aquel agradable rostro hasta su busto salpicado de pecas.

Entraron al túnel, despacio él se acercó a su oído y susurrando le pidió un beso de aquellos añejos y sabios labios que mucho podrían enseñarle; ella en el mismo tono, aunque más sensual, le contestó que habían cosas que eran más divinas si se robaban. «Encuéntrame, sino te atreves a tomarlo ahora, encuéntrame, cuando me encuentres te lo daré», dijo ella.

Hubo un silencio eterno en el que la tímida luz fugaz del túnel, ingenuamente alumbraba sus rostros. Pero del mismo modo repentino en el que se habían sumergido en la oscuridad habían emergido a la luz del cálido sol, y se volvió a iluminar el vehículo con la luz natural. Ella seguía hablando de Ranta, con las mejillas ruborizadas y los labios mórbidos, incapaz de creerse la protagonista de aquella aventura atípica.

Llegaron al terminal aún hablando. Se despidieron como cómplices, sellando un pacto con sus miradas y estrechándose las manos.

Aún él va por las calles de Caracas buscando aquellos ojos verdes con la esperanza del preciado galardón.

 

Benigno Mujica

ciranonixiii@gmail.com

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