La casa de Andrés Bello

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No recuerdo en dónde vi por primera vez los rayos solares, pero al año de mi nacimiento, mis padres deciden cambiar de domicilio a la calle Andrés Bello, y es a partir de allí que mis recuerdos se anidaron con fuerza en mi mente, en cada centímetro de esa casa, y luego el tiempo me ha ido dejando canas por almanaques vividos. Ya con cierta edad, pasé por el
frente de ese rincón en el que dejé mi infancia. Estaban haciéndole unas reparaciones.

Ya había avanzado unos metros por el frente de aquella casa y decido regresarme. Solicité permiso a una persona para entrar, y me señala a una señora joven, diciéndome que ella
era la dueña. La joven señora se acerca y me pregunta qué cosa deseaba, a lo que le contesté que deseaba revivir mi infancia si ella me lo permitía.

La señora sonríe y responde «¿y cómo es eso?», le expliqué que ahí viví hasta los nueve años. Ella me acompaña hasta el comedor; de allí se puede contemplar aquella casa que en esa época me parecía inmensa y me resulta ahora tan pequeña. En esos momentos llega su esposo, y como no me había presentado ni ante ella, aproveché para hacerlo con ambos. Él llegó con una bolsa, supuse que era el almuerzo, le dije «no le voy a robar más tiempo, porque veo que es la hora de almorzar, pero antes permítanme contarles algo que llegó a mi memoria por ver a estos obreros trabajando aquí».

En el acto empecé a narrarles que cuando era niño nos mudamos a otra casa que mi padre compró y deciden reparar esa de la calle Andrés Bello cipara alquilarla. Papá tenía como ayudante a una persona que ya en horas de la tarde no servía para nada por culpa del alcohol. Una mañana mi papá le dice «Silfredo, lleva estos sacos de cemento a la casa de Andrés Bello». Cuando ya tenía los sacos de cemento en la carretilla la suelta, va hacia donde mi mamá y pregunta «señora, ¿de quién es la casa por fin? ¿De Andrés Bello o del señor?».

CRUZ VARGAS
cruzulisesvargas@hotmail.com

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