Los juguetes estaban muy aburridos en su caja, ellos querían jugar. El Papagayo estaba triste porque deseaba volar y hacerle cosquillas a las nubes. Las Metras querían correr y tropezar con las compañeras por el patio.

El Yoyo, lloraba diciendo:

-Yo, yo, yo quiero girar y girar, hace tempo que no juego con el aire.

La Perinola lo consolaba, diciéndole:

-No te entristezcas Yoyo, ya verás que vendrán algunos niños y jugarán con nosotros.

De pronto, el Palito Mantequillero dijo:

-¡Muchachos, oigo ruido!

Todos hicieron silencio cuando oyeron pasos en la habitación. A excepción del Trompo, que dijo:

-¡Qué alegría! Alguien viene a jugar con nosotros. Ya bailaré en el patio con la Zaranda otra vez.

El Palito Mantequillero le dijo a sus amigos:

-¡Hagan silencio, por favor! Recuerden que los niños no nos pueden oír.

En ese momento, Mercedes tomó la caja de juguetes y se las mostró a sus amigos. Ella celebró su cumpleaños jugando con los juguetes. El Papagayo revoloteó con las nubes, las metras corrían y chocaban en el patio unas con otras, el Yoyo giraba diciendo:

-¡Otra vueltecita, otra vueltecita!

Las carcajadas de la Perinola se podía oír por todas partes, mientras el Trompo y la Zaranda bailaban sin cesar y el Palito Mantequillero, escondido en alguna parte, decía:

-¡Frío, frío! ¡Caliente! ¡Caliente!

Los niños jugaron toda la tarde, deseando que pronto hubiera otra fiesta con los juguetes.

Vicente Pereda

pereda.vicente@gmail.com

 

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