La manzana y el gusano

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Siendo niño pasé un día con mi madre por una de esas calles viejas de la ciudad, por donde generaciones enteras de citadinos habían pasado llenos de ilusiones o preocupaciones. En esa calle en particular existía una exposición, si se quiere extraña, o surrealista: una manzana solitaria expuesta en una vidriera. ¿Qué sentido tenía aquello?  Nunca supe y nunca pregunté al dueño el porqué. Si la tenía como amuleto, o como un modo de espantar la pava, no sé. Al asomarse se sabía que la manzana no estaba en venta ni tampoco en refrigeración porque la vidriera no estaba empañada por el frío, sino veteada por el verdín del tiempo.

Con la usual curiosidad infantil, cada vez que pasaba con mi madre, miraba la manzana de mejillas doradas, extrañándome siempre que no se corrompiera o pudriera. Así permaneció un tiempo, diríamos mejor años, pues yo crecí y emigré a otra ciudad; pero un día la nostalgia me hizo retornar en un barco. Cuando llegué a la a bahía que tanto añoraba ver de nuevo, noté un brusco cambio en la arquitectura urbana que había conocido: muchas máquinas y obreros derruían las viejas casas y edificios con un afán remodelador. Un recuerdo banal me desvió el impulso original de visitar la familia y me enrumbé a la calle vieja donde recordaba una manzana tras una vidriera; casi por milagro, la vieja edificación donde estaba expuesta, aún permanecía en pie, como si esperase que yo volviera antes de ser derruida por la piqueta. Me asomé y vi allí la manzana ya algo mustia. ¿Cómo había podido conservarse después de tantos años sin secarse totalmente y desaparecer? No sé, lo que sí noté es que llegué en el momento justo que un gusano robusto la taladraba, como si fuese otro obrero más de los que tumbaban el casco histórico de esta Ciudad Solar…

Artemio Cepeda [arte_cepeda@hotmail.com]

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