Ramón Figuera.- Siempre he considerado que detrás de cada vida hay una historia, porque el simple hecho de nacer ya es una aventura extraordinaria para aprovechar cada segundo como si fuera el último. Nacemos felices y a medida que vamos creciendo nos dejamos contaminar con la sociedad, pero debemos estar claros de que somos nosotros los dueños de nuestro propio destino y cada decisión tomada nos acerca o nos aleja de nuestras metas.

Comenzaré por decirles que mi aventura comenzó el 30 de marzo de 1968, en un humilde caserío de 20 casas, Palmarito, situado a orillas de la carretera nacional, entre Tucupido y Zaraza. Allí tuve mis primeros sueños, mis primeros amores y comencé a improvisar mis primeros versos en un pequeño cuatro que el Niño Jesús le trajo a mi hermano, porque supuestamente se había portado bien.

Ahora no todo era componer e improvisar versos. La vida del campo es muy dura pero aleccionadora, porque desde pequeño se le enseña al muchacho el valor de la responsabilidad y la corrección a tiempo, por las buenas o por las malas. Comencé a ganarme la arepa a los ocho años, llevándoles el almuerzo y la cena a los peones, que en el conuco comenzaban a trabajar a las siete de la mañana y se despegaban a las cuatro de la tarde.

Una mañana de 1976, mi madre se enteró de que a una hora a pie o a 30 minutos en burro, había una escuela donde podíamos aprender las primeras letras. La escuela Las Placitas, ubicada en el caserío del mismo nombre o Pozote, como también se le conoce. A mi padre no le cayó muy bien la noticia, porque quién lo iba a acompañar en el conuco, pero mi madre, recia como buena llanera se le plantó firme y le dijo:

-Mis hijos irán a la escuela, yo quiero que ellos sean profesionales ya que yo no pude serlo.

Eso fue santa palabra. Allí comenzó este peregrinar por los libros y aún sigo dialogando con los textos, leyendo y escribiendo todos los días. Así, poco a poco me fui convirtiendo en poeta.

Ramón Figuera

ramonfiguera@hotmail.com

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