¡A medio la cuadra!

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En ciudades como Caracas, una pintoresca manera de ir de compras es llevar un carrito de dos ruedas, dando vueltas alrededor de la mercancía para luego meterla en una bolsa de tela que tiene adosada. Verduras, frutas carne o cualquier rubro llegará al hogar desde el automercado, el abasto, el mercado libre, con más comodidad que si se llevara un enredijo de bolsas entre los dedos. Tan práctico es, que ya tutilimundi ha cogido la seña y carga el suyo. Por doquiera aparece el mentado carrito  llevado por su dueño o dueña, que orondos van por las calles al paso de la modernidad cabalgando cabeza a cabeza con la inflación y el acaparamiento al por mayor.

Anteriormente, los sitios de compra masiva eran (y siguen siendo) los mercados libres, a donde se iba armado de sendas bolsas hechas artesanalmente con tela de coleto, lona, saco de harina, etcétera. A esos sitios se llegaba bien de madrugada, y entre el genuino pregón callejero destacaba el de los carretilleros, quienes eran los encargados de transportar en sus carritos de madera la mercancía comprada por la clientela.

Eran fabricados a punta de recortes de tablas, convertidas en cajones donde colocaban lo comprado. Las ruedas eran cuatro rolineras con dos pedazos de listones como guía: el de atrás completamente fijo y el de adelante emulando un eje que se movía hacia los lados llevado por una cuerda y un pedazo de goma utilizado para frenar. Para muchos niños y adolescentes constituía el rebusque diario. Eran sus conductores. Por Catia, San José, La Pastora, por ejemplo, se oía el grito: “¡A medio la cuadra, a medio la cuadra misia!” Pregón que anunciaba un recorrido de cien metros por 0,25 de bolívar. El embale por esas calles era durísimo, y la alegría en el rostro de los chamos inconfundible.

Pedro Delgado

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