El niño del susto

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Todo pasó un mes de enero de un año que no recuerdo. Para ese entonces contaba con apenas siete u ocho años. Me encontraba de vacaciones junto a mis hermanos y mi madre en casa de mi abuela Ana en Cumaná. Un buen día, fuimos a visitar a mi tía Mercedes, quien vive a unas cuantas casas distantes de la de mi abuela. Los adultos estaban reunidos en el pequeño porche del hogar conversando; en cambio, mi hermano Leonard y yo, estábamos en el cuarto de mi tía viendo la comiquita del momento “Los Rugrats” o “Aventuras en Pañales”.

Debo confesar que siempre fui un niño inquieto y curioso. Mientras mi hermano se encontraba absorto viendo la televisión, decidí examinar todo lo que había en el cuarto. En eso, me dirigí hacia una caja llena de frascos de jarabe para la tos o la fiebre. Empecé a destapar uno por uno para probarlos, así como farmacéutico o médico ante una medicina nueva. De pronto, divisé un frasco apartado de la caja, se encontraba en un estrecho espacio entre el clóset y la pared de la habitación. Al destaparlo lo inhalé, al momento de probarlo una ganas enormes de toser se apoderaron de mi cuerpo, al igual que las ganas de vomitar.

Me dirigí a la cocina por un vaso de agua, el cual nunca pude ingerir por la tos. De regreso al cuarto, le hice señas a mi hermano para que pidiera ayuda; no se inmutó. Por obra y gracia del Señor mi tío fue a ver qué hacíamos, me encontró en ese estado y llamó a mi madre. Mi tía se percató que el frasco estaba en el piso con el líquido incoloro a su alrededor, se llevó ambas manos a la cabeza y con pesar le dijo a mi mamá “¡Mujer, este carajito agarró el frasco de formol!”. Todos se asustaron, mi tío corrió conmigo en brazos hasta el ambulatorio más cercano, en donde me trasladaron después a un hospital.

Luego de varias semanas en cama y del lavado gástrico que me hicieron, el médico le dijo a mi madre que al final no ingerí esta sustancia, la cual es utilizada para la conservación de cuerpos orgánicos muertos para impedir su descomposición. Cabe destacar que luego de aquel susto me castigaron, cada vez que voy a Cumaná mi familia trae a colación este incidente y me apodaron “El niño del susto” o “El niño del Formol”. Lo único que le pedía a Dios en ese momento, era que no muriera para seguir viendo Los Rugrats. Hoy en día esa curiosidad que tenía cuando niño, la pongo en práctica diariamente para mi carrera, Comunicación Social.

Jean Carlos Bastardo González [yanky2001@hotmail.com]

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