El cochinito de Navidad

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Carmen Muñoz.- La gente de antes del siglo pasado, tan correctas, honradas, fieles a su palabra, nunca harían algo que pudiera hacer daño al prójimo. Si vendían algo, lo hacían con el mayor esmero y cuidado culinario si de comidas se trataba. Si eran alpargateros o alpargateras, cumplían su función con un estilo único que les caracterizaba como tejedores.

Criaban sus cochinitos para la venta, para vender en diciembre ese puerquito alimentado con las mejores sobras. Allí ponían toda la ilusión de los miembros de la casa para comprar los estrenos y disfrutar de lo grande la Pascua y Año Nuevo.

La señora Belén criaba cochinos, sus marranos, para la venta. Estaban a todo lo ancho del patio, allí, en el corral, disfrutando del barro echados; hasta maíz les daba para que esa carne tuviera buen sabor.

Todo el mundo había hecho la lista: pantalón, camisa y alpargatas nuevas para los varones los vestidos de organza para las niñas, lo de las hallacas, etc.

Al fin llegó el tan ansiado mes: diciembre; el día en que le iban a dar el palo cochinero al cochinito. Todo listo: agua hirviendo en el fogón, brasas al punto para hacer los chicharrones, la manteca, comienza la fiesta. ¡Qué pena el abrir en dos mitades al cochino!

Se oye el grito aterrador de doña Belén:

-¡Oh, Dios! ¿Cómo me pasa esto?

No se podía vender la carne. El cochino estaba pica’o (pica’o era una burbujita que le salía detrás de la lengua).  Si atrapaban a la gente que vendía esto lo castigaban, hasta la policía iban. No había más remedio que disfrutarlo, pero en la casa.

Había veterinarios natos, conocedores de cuanto el animal estaba dañado, como Montesinos y Raimundo.

¿Tecnología? ¡Nada qué ver! ¡Pepa de ojo!

 

Carmen Muñoz de González

 lavalijadeneycar@gmail.com

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