Saúl Briceño.- La madre jamás muere para sus hijos, ella siempre reposa en el alma de todo ser humano que se precie de serlo, para ella su hijo puede ser santo o bandido, pero es su hijo.

No hay hogar andino, en cuya vivienda falte el álbum familiar. Allí en la sala principal cuelgan en la pared fotografías de la mamá, abuela, tía, la maestra, los padrinos, sean éstos últimos de bautizo o de matrimonio. En esos retratos miramos la historia de nuestra familia. En ellos están expresados los valores del afecto, respeto, amor, amistad, constancia, además de los nexos de la sangre o de afinidad.

A través de los retratos se puede apreciar algunos utensilios de uso familiar, que identifican la evolución y el estatus social de determinada época (moda mueble, vestido, puerta, collares, joyas). Hay retratos que hablan, que hacen visible lo invisible; nos invitan a hablar con el tiempo, con los recuerdos, como queriendo tomar vida ante nuestros ojos. Ojos que miran, ojos que lloran por ausencias sentidas e insustituibles.

Ayer, sentado en la sala de mi hogar, disfrutando de esas llamadas horas de  conticinio, no sé porqué fijé la mirada en un improvisado álbum familiar cuyos retratos muestran la parentela de mi familia. Allí estaba imponente el retrato de mi madre ya fallecida, la sentí como mirándome, con una mirada etérea, era como una mirada que me habla de distintas maneras: autoritaria, afectiva, amorosa, ejemplar.

Sentía que me quería hablar porque no me quitaba la mirada, su mirada era dulce como la mirada de la Gioconda. La veía como una niña que jugaba con los sueños, juguetona, enamorada, alegre, tejiendo escarpines para los próximos nietos y tataranietos.

¡Qué gran tesoro es tener la madre viva! De ella aprendí que el amor verdadero es el amor de madre, desde lejos sienten el dolor del hijo; sus bendiciones sanan y curan, bloquean los peligros.

Nuestra madre no tiene nombre, simplemente es nuestra madre, un don al que Dios le concede un carácter divino, solo basta observar el acto materno, donde el niño regocijado comienza a recibir aquellas miradas y aquel calor maternal y afectivo imperecedero en el tiempo.

El que tenga su madre viva quiérala y adórela, el que la tenga muerta no la llore, invóquela en momentos difíciles.

 

saulbrifer2011@hotmail.com

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Soy Trujillano,educador,oriundo del municipio Trujillo, he vivido toda mi vida en el barrio " ALAMEDA RIBAS" CONSIDERADO EL " BALCÓN DE TRUJILLO" un hacedor permanente de mi hoja de vida simpre al servicio de la solidaridad fraterna que distingue al andino, soy directo al manifestar mis posiciones ante los embates de la vida, respetando las opiniones de los demás, creo en el ser humano por ser creación de DIOS, simpre reconociendo que somos imperfectos, que uno no más que el otro, lucho contra esos fantasmas que aniquilan el espíritu, me aterra el conformismo, no vine al mundo a ignorar el valor de la vida habiendo tantos caminos para transitar frentes donde podamos dejar pequeñas huellas que alegren la vida a nuestros semejantes.me gusta la lectura donde abunde la metáfora y la prosa, soy cuenta cuentos, escribo cuentos y relatos breves sobre la cotidianidad da la urbe, de sus personajes, humanizo personajes que a diario ironizan la hipocresía de esta sociedad descompuesta. Admirador del ya desaparecido periodísta Kotepa Dlgado de quién recuerdo una frase maestra " ESCRIBE QUE ALGO QUEDA" Orgulloso de ser Venezolano.

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