Allí estaba yo, sentado en el vagón, viendo pasar a la gente de un lado a otro. Algunos pasajeros conversaban entre ellos; otros, al igual que yo, permanecían inmóviles en sus asientos, observando sus reflejos en las ventanas, que cumplían la función de espejos cuando el tren se adentraba en el túnel.

Se escuchaban, a su vez, a los vendedores ambulantes promocionar golosinas de forma pintoresca: «¡Reflexiona! ¡Aprovecha! No llegues a tu casa con las manos vacías», se podía oír a pesar del ruido causado por el contacto entre las ruedas del tren y la vía férrea.

Mientras todo aquello sucedía, una niña se sentó justo a mi lado. Por su cabello despeinado, su ropita sucia y sus zapaticos acabados, supe rápidamente que se hallaba en un indignante estado de abandono y necesidad.

Llevaba consigo un bolsito, que al igual que su ropa estaba ennegrecido por la suciedad, pero lo trataba con mucho cuidado y cariño. Al cabo de unos minutos, sacó del pequeño bolso una maraca completamente cuarteada, rota, cosa que le causaba una notable tristeza. Pero ni una lágrima corrió por su rostro infantil.

Se notaba decidida, y en un momento determinado se armó con cinta adhesiva y, sin importar si la veían o no, se dio a la tarea de colocar segmentos de cinta sobre la superficie del instrumento. Tratando de tapar aquellas cicatrices que impedían que algún sonido armonioso pudiera salir de él.

Finalmente, llegué a mi destino y, allí, abstraída, se quedó aquella niña inocente; la niña del subterráneo.

 

Yeibert Godoy

yeibertgodoy@gmail.com

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