José Álvarez.- En tiempos de nuestra niñez y adolescencia, solíamos jugar de acuerdo a su moda al papagayo, trompo, metras, yoyo, y la perinola. El asunto es que  muchos de estos tradicionales y sanos juegos por su contexto y el tiempo que se dedicaba para establecer una sana competencia, no eran permitidos en la hora de receso en las escuelas.

El papagayo, por la exigencia del mismo en logística de espacio y tiempo. El trompo, por lo peligroso que representaba si se enredaba en el pabilo y pudiera  golpear a un compañero o compañera. La metras o canicas, porque requería destinar un espacio en el piso para establecer la dinámica partidita de rayo, pepa y palmo o el hoyito. Los que se permitía eran el yoyo y la perinola.

El primero, estimulaba una sana competencia que consistía en mostrar quien tenía más variedad de figuras con el instrumento; que en ocasiones se hacían competencias en los actos culturales como relleno en los eventos programados.

La perinola, por su característica se permitía en la hora de receso, su competencia consistía en mostrar quien acertaba más en martillo, perinola o palito.

 En estas competencias solo estaba en juego la habilidad de cada muchacho,  sin que en ellos estuviera de por medio valor monetario alguno en el sano reto de demostración de habilidades.

En la actualidad, los estudiantes de bachillerato, incluyendo los que cursan primero, segundo o tercer año (por el color azul del uniforme), se colocan en las plazas públicas (Washington) y en las adyacencias de las estaciones del metro (Artigas) a jugar cartas “ajiley”, observándose la manipulación de dinero.

Asunto que debe llamar a la reflexión toda vez que, de ello solo se espera una adhesión a los juegos de envite y azar, que tanto daño ha generado a un número muy elevado de padres de familia en nuestra sociedad.

 

José Álvarez

Alvarez1307@hotmail.com

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