Jose Murguey.-  En cierta ocasión que me encontraba en la Plaza de Los Robles,  acompañado de mí primo Gregorio Luna, se nos acercó Vidal Jiménez, apodado cariñosamente  el Caribe Vidal. Goyo, consideró  que el momento era  propicio para oír al primo Vidal, en una de sus tantas ocurrencias  que servían de chistes y deleite  a quienes lo escuchaban. El Caribe, como todo un personaje vernáculo que provocaba la risa  entre sus paisanos con solo verlo, sus gestos y su proverbial elocuencia, nos narró el día que trataron de evitar que  él  llevara leña  para su casa.

En efecto, buena parte de los  robleros iban a los conucos  aledaños de esa pintoresca población  del  municipio Maneiro, a buscar ese “combustible” para cocinar, no era otra cosa que restos de madera o simplemente leña  talada de los árboles.

Vidal, cortó  y se hizo de un haz de leña; sin embargo, cuando se disponía a salir fue avistado  por el propietario del conuco, quien de inmediato le dijo que allí estaba prohibido cortar leña. Vidal, arrinconado por las palabras del  reclamante, no amilanado, le respondió qué cuál era su pretensión, ¿prohibirle que en lo sucesivo no lo hiciera más o simplemente quería que él comiera crudo? Ante semejante respuesta, como diría un buen margariteño, el propietario le reiteró que él era su dueño  y tenía que respetar su conuco. Vidal, con su picardía natural, le preguntó  a quién le había comprado  ese conuco y cómo éste  cambio de dueños, para finalmente reiterarle que esa tierra era de Dios  y que todos  sus propietarios anteriores habían sido unos usurpadores del reino y de las tierras del supremo creador. El dueño, pensativo y cabizbajo ante las ocurrentes respuestas, no le quedó otra  alternativa  que dejar a Vidal  que se llevara su lote de leña  para su casa  y comiera cocido, no crudo.

jomurgueygutierrez@gmail.com    

 

 

 

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