Fueron famosas las fiestas patronales de Aroa, ya para la primera semana de agosto se escuchaba por los pueblos y caseríos vecinos el grito «¡llegó la rueda!», en referencia a la llegada de los carruseles o aparatos mecánicos para la diversión de chicos y grandes.

Estas festividades eran aprovechadas por brujos, adivinos y charlatanes para cometer sus fechorías, ruletas, bazares, bingos y todo tipo de juegos de azar, eran utilizados para timar a los incautos; palo encebado, cucañas, carreras de cintas, terneras y piñatas para la chiquillería, completaban el espectáculo.

Dentro de todo ese marco de superchería, entre la realidad y la ficción, eran infaltables los llamados adivinadores, personajes como el Maese Pedro, inmortalizado por el escritor español Miguel de Cervantes Saavedra en su libro Don Quijote de la Mancha.

Estos personajes, cargaban una jaula con unos periquitos que supuestamente adivinaban el futuro de los incautos, que a cambio de una moneda recibían del pico del periquito, una pequeña tarjeta donde estaba escrito un mensaje.

Uno de esos animalitos, fue el causante de mi primer desengaño amoroso, ya que en una de esas fiestas, me acerqué acompañado de mi novia al sitio donde se encontraban los carruseles, y ella se empeñó en consultar a los periquitos “adivinadores”.

Después de dicha consulta y de haber leído aquel papelito, mi novia cambió completamente su trato hacia mí, desde ese momento esquivaba mis caricias hasta el punto que cuando iba a visitarla se escondía. Al no verla más y con mi corazón “partío”, me vi en la necesidad de seguir otros rumbos.

Pasado el tiempo me enteré por una de sus tías, que la causa de su  disgusto y su repentino desprecio hacia mí, se debía a que el papelito que le había entregado aquel tramposo periquito decía lo siguiente: «Cuídese de ese hombre que anda con usted, pues está lleno de malas intenciones».

Así, pues, por culpa del periquito, sufrí mi primer guayabo amoroso.

Aníbal López

aniballopez1945@gmail.com

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