Entre tantos misterios y enigmas que nos muestra la naturaleza y los cinco sentidos que tenemos, apenas nos permite ver superficialmente lo que ocurre en la vida de los seres vivos.

Hay fenómenos que se dan y la ciencia no los puede explicar, otros los ubican en el mundo del folclor y la fantasía; así hablaba el maestro Jonás, a la hora de explicar un suceso que se dio en los años 80, en un caserío del municipio Pampanito.

Recuerdo –decía Jonás–  que era costumbre entre mis alumnos, irse de paseo los fines de semana a un riachuelo que se alimentaba de las aguas del río Mocoy, allí hacían un pozo, se bañaban mientras se cocinaba el popular sancocho.

Ya adentrada la tarde deciden regresar. Un grupo escoge el camino que conduce a la Chapa y el otro se interna por el camino que conduce a La Concepción, ambos caminos muy distantes el uno del otro.

En el primer grupo iban Renato, Florencio, Ramón, Orlando, Cupertino Segovia y Rosa (hermana de éste último) que, por cierto, andaba en su último mes de embarazo.

Este sexteto se aprestaba a pasar un puentecito para alcanzar la otra orilla, pero al último, se le dificultaba pasar el puente por padecer de gefirofobia; hacen varios intentos y nada, hasta que Renato, quien era fanático del hipismo, se le ocurre la idea de colocar un par de improvisadas gríngolas al amarillento muchacho.

Resuelto el problema, siguen la ruta y, a medio camino, oyen el grito del mismo Cupertino, víctima de la mordedura de un serpiente mapanare, que en pocos minutos obligó a recluirlo en el Hospital José Gregorio Hernández.

Estando hospitalizado, su cuadro clínico comienza a agravarse, a tal punto que su cuerpo se hinchó y parecía que iba a reventar. Su hermana no se separaba ni un minuto de su hermano. Al médico se le oyó decir: «no me explico este fenómeno», y solicitó que fueran al sitio y trajeran la culebra, para asegurar el suero antiofídico a aplicar.

Los muchachos así lo hicieron y la sorpresa fue mayor: al paciente moribundo se le marcó la culebra en forma de arco alrededor del estómago. El galeno tiró la toalla y recomendó que se llevaran al paciente para la casa. La hermana cayó en shock y, por su estado de gravidez, parió.

Para sorpresa, desde ese mismo momento el paciente comenzó a recuperarse. Al final, quedaron hablando de los misterios que hay entre la culebra y la mujer embarazada. Cupertino se salvó, menos del bautizo para toda su vida como el Cañonero de Pampanito.

 

Saul Briceño

saulbrifer2011@hotmail.com

 

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