Los Luceros Caminantes del Chacero

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A nuestro vecindario llegaron los rumores de la inminencia del fin del mundo. Los viejos, aseguraban que se podían ver estrellas caminando. Afirmaban que la biblia profetizaba señales en el cielo.

Una noche, mi papá me mostró el firmamento y presenciamos el hecho con sorpresa y emoción.  Les decían, “Luceros Caminadores”. Eran los años sesenta y estaba en su apogeo la guerra fría, el inicio de la era espacial.

El Chacero, nuestro vecindario, se ubicaba en una ribera del río Caicara, cerca del pueblo de Mantecal, en el Alto Apure, a más de 100 leguas de Caracas. En ese entonces, el caserío estaba formado por unas 40 viviendas. Cada quien tenía su conuco y ganado. Era un lugar alegre, con gente tocando guarura por los caminos, cantos de gallos y ladridos de perros. De noche silbaban las ánimas. El sol nos sorprendía con la algarabía de los pericos.

A pesar de lo alejado de la capital, no escapábamos a la influencia del mundo. Por vía fluvial y terrestre llegaban periódicos viejos, revistas y libros: El Libro Mantilla, El Tesoro De La Juventud, La Gramática Francesa, El Quijote, Selecciones del Reader Digest, La Biblia, Obras de Gallegos y la poesía de Rubén Darío.

Toda mi vida me intrigó el origen de aquellas misteriosas luces viajeras.

En 1989, fui a Washington y visité el museo Smithsoniano del Aire y el Espacio, y vi la exposición del proyecto Apolo desde su inicio, la cápsula del Apolo 8 que llegó a la luna, y las restantes. Se detallaba en carteles, las características y alcances vertiginosos de muchos satélites. En ese momento comprendí, que algunos de esos artefactos que recorrieron la oscura bóveda celeste, eran aquellos luceros caminadores que mi papá me mostraba en las noches desde el patio de mi casa, allá, en el Chacero.

 

Leobardo Jiménez

Leobardojimenez153@gmail.com

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