Raúl Isea.- Cada vez que rezamos la oración del Padre Nuestro enseñada por Jesucristo cerca de Cafarnaúm en Galilea, durante el Sermón de la Montaña, terminamos diciendo “líbranos del mal. Amén” (Mateo 6, 13).

Vivimos en un mundo de tentaciones, mentiras, odios y rencores. El mal está siempre esperando el momento para que sucumbamos ante él, como nos recuerda el Apóstol Pedro en el pasaje de la Biblia que dice “Sean vigilantes, su adversario, el diablo, anda en derredor como león rugiente, procurando devorar a alguien” (1 Pedro 5,8).

Líbranos del mal  también se puede interpretar como guárdame de pecar. De hecho, nuestra carne está continuamente en conflicto con el Espíritu Santo como nos recuerda el pasaje que dice “el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis” (Gálatas 5, 17).

Cuando nuestro alma proclama Líbranos del mal, estamos solicitando que nos proteja de las lujurias de la carne, nos cuide de la desgracia así como de los prejuicios; porque somos humanos y podemos caer en sus garras a través de frías banalidades.

Algunos creen que pueden hacer mal y protegerse de sus consecuencias a través de ritos y magia, pero en el fondo se están desviando de sus obligaciones cristianas, y poco a poco pierden el rumbo al Reino de los Cielos.  De hecho, recordemos esta frase que habla por sí sola “porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago“, como nuestro apóstol Pablo nos dice en Romanos (7, 18).

El mal se siembra. No pongan en duda ello.  Esta última afirmación  se extrapola de un pasaje escrito por el evangelista Marcos referente a las semillas malas caídas en el camino capaz de arrebatarnos lo bueno que fue sembrado en nuestro corazón (Mateo 13, 19).

Reconozcamos que el camino para llegar a convivir con Dios es a través de su palabra, finamente elaborada gracias a los frutos del Espíritu Santo. Por ello, con sinceridad te recomiendo, no te apartes del sendero de Dios y podrás cosechar esperanzas, y no tempestades por culpa de la tentación.  La lucha es espiritual, y no pongamos en duda la protección de Dios.

Ya Pablo nos indicó en Efesios (6,16-18) como evitar los dardos del mal, es decir “Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno. Y tomad el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios; orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos“.

De modo que decir Líbranos del mal estamos pidiendo que nos proteja del diablo y de sus influencias, porque la misión de Dios en la tierra es y será deshacer las obras del maligno, cuidándonos de sus garras, es decir, “el que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo” (1 Juan 3,8).

Reiterado en el libro de Job donde leemos “¿No le has rodeado de tu protección, a él y a su casa y a todo lo que tiene?” (Job 1:10), de modo que nuestra armadura está construida con los materiales de nuestra confianza hacia nuestro Señor.

¿Es una tarea fácil? – algunos se preguntarán, aunque la respuesta ya la conocen: no.  Jesucristo pago con su vida desde lo alto de una cruz  para enseñarnos la voluntad del Señor.  El camino que se debe seguir para llegar hasta el Reino de los Cielos.

Solo con oración y fe podemos vencer el mal tanto interno como externo. De allí que finalmente puedan compartir con ustedes mi oración personal donde imploro la ayuda de nuestra Virgen María, cuando digo:

Virgen María, enséñame a perdonar a mis enemigos como nos revelo  Jesús desde lo alto de la cruz.  Apártame de la ira, del odio, la envidia y de cualquier mal que nuble mis ojos, y me haga sordo a tus palabras. Dame fuerzas para aceptar los designios de Dios, y poder convivir con Jesús, nuestro Señor.  Te pido esperanzas en el frio de las indiferencias, y protección ante el calor de mis tentaciones.  Imploro por tu paciencia en mis momentos de debilidad, y concédeme tus virtudes para poder llegar a ser digno de recibir los frutos del Espíritu Santo. Amen

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