Jesús Sánchez.- Voy a confesar que soy una especie de cavernícola comunicacional, no tengo acceso a ese ajetreado mundo de las redes sociales. Vivo en realidad amarrado a los tradicionales mensajes de textos y a una que otra llamada cuando tengo saldo; también a los llamados segundos libres, en los cuales me pego a charlar con la gente cuando tengo la indescriptible satisfacción de tener dichos segundos, aún cuando no son tan libres, pues yo los pago puntualmente.

Recientemente una amiga me sugirió la idea de adquirir uno de esos llamados smartphones, es decir, en criollo, teléfonos inteligentes. Teléfonos que tienen miles de aplicaciones, miles de maneras de comunicarse, de enviar videos, en fin de estar en la onda del “pin”, “whatsup”, Facebook, Instagram, Twitter, etc.

Luego de pensarlo por varios segundos le dije que no estaba interesado, que por ahora seguiría con mi matrimonio con mi “Dumb Phone” (literalmente, el teléfono tonto), para aclarar leí ese término en una artículo de una revista gringa.

Mi potecito, como le dicen los jóvenes, tiene sus ventajas las cuales no cambiaría por nada; una de las principales es que no llama la atención a los pillos, otra es que su renta es bastante barata por eso siempre tengo saldo positivo y también resiste los golpe.

Al parecer, mi teléfono a pesar que no es tan inteligente, tampoco tiene un pelo de tonto.

 

Jesús Sánchez

jesuzanchez@gmail.com

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