Era Ña Abelina,

de mi abuela la vecina,

quien en el frente vivía.

Protestaba y protestaba a la muchachería,

cuando de sus bocotas las groserías oía.

Los noventa ya pasaba

y aún agujas ensartaba.

Día a día a la “Panchita” los números le buscaba,

luego de que al mudo ciclista el “Meridiano” compraba.

Mientras tejía la “crineja” (de cogollo) un tabaco se fumaba,

con la candela pa’ dentro mientras el día pasaba.

Meciéndose Ña Abelina en su mecedora gozaba,

pasaban las horas pues, y allí no pasaba nada.

Aquel día conmigo hablaba

de cómo yo me portaba:

“muy bueno este hijo ‘e Cheíto,

pero a mí me gusta el chiquito”.

Hablaba de esto la vieja

pues a pesar de sus quejas,

de los hijos de Cheíto,

de quien vivía enamorada, era del catirito.

Reventó la risotada y del liceo salían,

los zagales que jugaban, mientras alegres corrían.

Eran muchas groserías las que mis primos decían,

cuando bromeando y gritando, sus bocotas ellos abrían.

Se levantó entonces Abelina en su contra protestando,

mientras “carajos”, decía.

Preguntaron los muchachos, mientras seguían andando:

-¿No son esas groserías?.

A lo que ella respondía:

-Cuando yo utilizo éstas,

son para a la palabra, Abelina darle fuerzas.

(“Esas no son groserías, son para darle fuerza a la palabra”).

 

Ángel Luis Vásquez Carreño

angelluis280980@gmail.com

SIN COMENTARIOS

Dejar una respuesta