Era un día de trabajo igual a los otros en la ferretería donde yo trabajaba por Chacaíto, desempeñándome como despachador igual que un compañero.

Una tarde nublada, con poca clientela, yo estaba en el mostrador pensando en la situación que nos aqueja económicamente a todos los venezolanos. 20 minutos más tarde entra un señor bien vestido, con zapatos de marca y un celular de última generación. Yo me apresuré en atenderlo, pues pensé que con su aspecto de elegancia dejaría una buena propina. Lo traté amable y respetuosamente.

El caballero hizo un pedido grande. Ya concretada la compra, me pidió que lo ayudara a llevar su adquisición hasta un vehículo tipo camioneta 4×4. Yo estaba montando el pedido emocionadamente, esperando mi propina, cuando el caballero se montó en su camioneta y se fue sin tan si quiera darme las gracias.

Yo me quedé sin palabras y muy molesto. Me regresé a la tienda, cuando vi que mi compañero estaba atendiendo a un señor que de aspecto físico se veía más humilde que el caballero que yo había atendido, no tenía vehículo y su celular era clásico.

Cuando ya concretada la compra y mi compañero le daba las gracias el señor, este le dio una buena propinota, mi compañero contando su dinero y sonriendo sarcásticamente me dijo: «¿ves amigo mío? Por eso no hay que pelear por clientes, no todo es lo que parece».

Daniel Fernández

daniblock70@gmail.com

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