Raúl Isea.- Existen diferentes películas cinematográficas, así como reflexiones filosóficas y estudios científicos que consideran que vivimos en una simulación computacional, dando a entender que nuestra vida actual es irreal. Es una simulación.

Recordemos, por ejemplo, la película Matrix dirigida por Lana y Lilly Wachowski, presentada en las salas cinematográficas en 1999, donde la especie humana está viviendo una ilusión colectiva, donde las personas son cosechadas como si fueran verduras u hortalizas. De hecho, Morfeo (interpretado por Laurence Fishburne) enseña a Neo (Keanu Reeves) que realmente están viviendo en el año 3199, donde las máquinas gobiernan a la humanidad.

Esta idea no es nueva. Muchos conocemos la Alegoría de la Caverna de Platón, más una metáfora que un mito, donde un grupo de personas son prisioneros en una cueva, y solo pueden mirar al fondo de una caverna.  Su concepto de realidad esta reducida a unas imágenes en la pared.  Curiosamente uno de ellos escapa y sale al exterior descubriendo la verdad, y al regresar a la cueva para liberar al resto de sus compañeros, lo tildan de loco y terminan matándolo.

Si considera que estos dos ejemplos son irrelevantes, permítanme indicar que la ciencia está aportando pistas a una realidad simulada, como los recientes comentarios de Rick Terrible, un científico del Jet Propulsion Lab de la NASA, donde indica que es probable que vivamos en una sociedad donde «los seres artificiales sean más abundantes que los seres humanos», es decir, a favor de un mundo simulado.

Por su parte, el tecnólogo Elon Musk, señaló en junio de 2016 que la probabilidad de vivir en un mundo real es uno en mil millones, de modo que me pregunto: ¿Cómo puedo demostrar científicamente que no soy una parte de una simulación computacional?

Si además rescatamos el argumento del físico y cosmólogo norteamericano Alan Guth del Instituto Tecnológico de Massachusetts donde reseña que quizás el Big Bang sea un experimento de laboratorio realizado por una inteligencia superior, y nosotros seamos producto de dicho juego, pues no es fácil asimilar el hecho que mi existencia es solo una mera ficción.

Incluso, soy incapaz de asegurar que seamos la única inteligencia en el universo capaz de crear un mundo virtual y, por ende, puede ser posible que nosotros seamos parte de una simulación por parte de seres más evolucionados.

En enero de 2017, se planteó que nuestro universo es un holograma, es decir, toda la información de nuestro mundo tridimensional proviene de una superficie bidimensional, gracias a una evidencia observacional obtenida por parte de la radiación del fondo de microondas cósmico (vestigios del Big Bang).

Puedo continuar indicando otros trabajos científicos, pero el punto crucial que intento dejar claro es que nosotros, como especie humana, debe ser capaz de demostrar que realmente no somos una simulación computacional, porque afirmar ello, sería decir que somos ceros y uno de un algoritmo escrito por un tercero.

Quizás podrán afirmar que esta demostración debe ser absurda, pero los invitos a demostrar ello, y créanme que celebraré estar vivo sin miedo a una falla de luz o a un mensaje que diga “fin del juego” o “game over”.

Raúl Isea

raul.isea@gmail.com

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