La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda, para contarla. La timidez entrelazada con el temor se convirtió en el impulso esa mañana.

Mi hoja de examen estaba vacía, solo la adornaban sus preguntas.  Las revisé una a una detalladamente y mi mente permanecía nublada, mis pensamientos vagaban de un lado a otro, y mi vista rondaba por todos los rincones del salón de clase.

Anahil, Mota, Cristina y Valdemar, entre otros alumnos me acompañaban en esa prueba de reparación de biología. La profesora Boide, me miraba fijamente y sentía que sus pensamientos no se apartaban de mí.

Me levanté y caminé como sonámbulo hasta el escritorio, «profesora, por más que estudié no logro entender el examen; le suplico que no me desapruebe, solo necesito pasar la materia, para iniciar estudios en el Instituto Universitario de Policía Científica (PTJ) y me piden el título de bachiller».

Quizás mis palabras no tocaron su corazón, pero un nudo en mi garganta y el cambio en mis ojos, empapados en lágrimas, hicieron que una de las profesoras más objetivas y con un carácter imbatible, comenzara a dictarme las respuestas de selección, así como las de verdadero y falso de aquel examen. «Ahí tienes diez puntos, responde las de desarrollo para que aumentes la nota» -me decía susurrando-.

Emocionado y dando mil gracias, retorné a mi pupitre, donde me esperaban los demás alumnos para calcar la hoja. Uno a uno fuimos saliendo, y al corregir las pruebas, se le oyó decir, «todos están raspados», terminando la frase con una deshabituar sonrisa que hizo vibrar el corazón de todos.

Con este breve relato, quiero recordarle que con su actuación de ese día, usted no falló. Hoy todos sus alumnos somos hombres y mujeres de bien, que aportamos nuestro grano de arena en la construcción de una armoniosa sociedad donde englobemos todos.

 

Luis Chafardet

chafardluis@hotmail.com

SIN COMENTARIOS

Dejar una respuesta