“¡Agüela, agüelita, no piche a candela!” (tartamudeando las sílabas), expresión de angustia que brotó de mi nieto Cristian, ante la sorpresa de una barricada.

Transcurría el año 2014, posterior a los resultados electorales, donde fue ganador el actual presidente de la República, cuando se desataron los luciferes ostentandores de inconformidad por tales escrutinios. Los periodistas de la época relataban bochinches y anarquía en varias capitales.

Lo cierto de todo, fue que un día cualquiera del mes de junio, veníamos de regreso de hacer unas diligencias en Maracay,  aproximadamente, las ocho de la noche cuando el párvulo, mi esposa y yo,  viajábamos en nuestro vehículo. Ella conducía.

Desplazándonos por la avenida Intercomunal de Turmero, después de una semicurva, a pocos metros de distancia, súbitamente, observamos que íbamos inminentemente a colisionar con unos parapetos en llamas.

Allí habían alambres, árboles mutilados, láminas de zinc y otros elementos que no pudimos detectar por el pánico. Podían observarse grupúsculos de manifestantes, que miraban desquiciados la escena, como un acto de heroicidad; sin discernir el daño que pudieran causarles a terceros.

Mi cónyuge, con una rápida maniobrabilidad, esquivó con astucia el pequeño infiernito que casi nos achicharraba. El niño arrancó en inocente llanto.

Para incrementar el miedo, en el justo momento que mi mujer pasaba  por un costado de la manifestación, otro automóvil nos pasó como alma que llevaba el diablo, bien cerquita. Creo que, de ipso facto, nos subió y bajó la tensión arterial, sin advertirnos.

No quería ni pensar lo que hubiese ocurrido. Son instantes de confusión, posibles desencadenantes de hechos fatales. Hay que estar ahí para contarlo. Efímeramente, dentro de mí, pensaba que si algo nos ocurría, bueno, ya uno había cortado bastante tela en la vida. Pero, pensaba en la cándida criaturita , que todavía no tenía conciencia de su existencia con apenas dos años, que aún le quedaba mucho por vivir.

Después de la travesía, mi compañera iba al volante, soltando sapos y culebras, furiosa, lanzando epítetos contra los hacedores de aquel dolo. Pero, con estoicismo le indicaba que no le deseara mal a nadie. Que no devolviéramos el odio y los instintos de maldad. Eso sí, fue una noche de ¡tremendo susto!

 José García

guaicaipuro14@hotmail.com

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