10:32 a.m. | 16/05/2012 |
Reportado por: Álvaro Blanco
Cuatro ciegos, una gran lección
Al final de otro largo día de trabajo, el grisáceo cielo extendía su irresistible invitación a dormir en el bus de regreso. Al llegar a la parada, todavía se precipitaba el remanente de lo que había sido el aguacero de proporciones bíblicas que había precedido el crepúsculo de esa tarde de octubre. Los ríos serpenteaban las calles. El viento frío se aseguraba de mojarme. Sin embargo, se podía sentir la calma que acompaña el fin de la tormenta. A la distancia se dejan oír las risas alegres de varias personas que comentaban sus labores. Miro de reojo y me percato de cuatro hombres con aspecto de trabajadores de la construcción que viene caminando uno detrás del otro. El segundo, llevaba la mano izquierda colocada sobre el hombre del primero. De igual forma, el tercero sobre el segundo y el cuarto sobre el tercero. Los cuatro caminaban como si se tratara de una suerte de tren humano. Cantaban y reían, mientras se mojaban y caminaban pisando sin reparo los charcos de agua. Inquieto, permití que ellos siguieran de largo, pero inevitablemente se comenzaron a acercar como si no tuvieran rumbo establecido. Solo caminaban, llevándose por delante cuanto charco y río se encontraban. En ese instante, uno de ellos casi me choca como si yo fuera invisible, aunque caminábamos por el medio de la calle. Fue entonces cuando lo supe. Se trataban de cuatro ciegos. Sus rostros estaban labrados por el paso del tiempo. Dicharacheros, el primero cantaba y los demás le hacían el coro. La canción se interrumpía cuando otro bromeaba y el resto lo disfrutaba. Sentí curiosidad y caminé al lado de ellos sin que lo supiesen a lo largo de una cuadra. A pesar de las condiciones climáticas, su alegría y entusiasmo fue contagioso. Se trataba de un espectáculo basado en el agradecimiento, en la esperanza, en la humildad a pesar de las limitaciones físicas. ¡Que lección de vida! Y yo estaba allí, en primera fila. Los interrumpí para darles a entender que iba caminando con ellos. El primero me pidió que lo guiara hasta una casa amarilla que estaba a solo dos cuadras. Honrado, comencé a dirigirlos hacia su destino, indicándoles la ubicación de los reductores de velocidad (aquellos que van acostados), los charcos, etc. Ellos continuaron burlándose entre si por vivencias de su trabajo de la construcción. Una vez en su destino, por si fuera poco, el anfitrión era otro invidente que los esperaba para compartir literatura. Al despedirnos, ellos me dieron las gracias por haberlos conducido. Pero más agradecido estuve yo con ellos, porque me mostraron con su ejemplo lo grande que es el espíritu a pesar del clima y las limitaciones.