11:01 a.m. | 30/01/2012 |
Reportado por: Mayda Chacin

Desconsuelo
Hace años sabía que Yaneth vivía en Botalón, pero nunca la había visitado en su casa. Ese día decidí llevarle una cantidad de dinero para ayudarla a hacer un viaje a Caracas, quizás el más importante para ella; al día siguiente recibiría su título de Licenciada en Educación Integral, por la Universidad Nacional Abierta. Debo decir que le dije tantas veces que debía prepararse, que pensé que nunca tomaría en serio mis palabras, pero ahí estaba, con su triunfo pintado en la cara, con sus 3 retoños felices y sonrientes porque su mamá iba a graduarse.
Lo primero que avisté al acercarme a su casa fue la enorme pobreza donde Yaneth vivía, claro, después de tener unos morochos sin el apoyo de su familia y del padre de los niños, ¿qué se puede esperar?. Este episodio marcó su vida para siempre y mire que se lo decíamos: -¡Cuídate Yaneth!-, era el clamor de todos los que la conocíamos. Pero un día salió con esa trastada con apenas 20 años. Ya son unos niños de 12 años, idénticos como dos gotas de agua. Desde entonces la he visto llenarse de carencias de todo tipo, pero su sonrisa nunca desaparece, en especial cuando la oriento para estudiar y salir adelante.
La humilde vivienda es de bloque, pero una construcción bastante deficiente por las características que saltan a primera vista. Salieron todos a recibirme; ella, los morochos y la niña de aproximadamente 10 añitos, que es igual a su madre, la misma carita que tenía Yaneth cuando llegó a casa de mi mamá, linda en verdad, allí se quedó viviendo otra vida, otras personas, otro trato, en fin, otro ambiente al cual tardó en acostumbrarse. A su madre -con tantos niños- se le hacía difícil sostenerlos a todos y mi mamá tomó la decisión de llevársela para ver cómo podía ayudarla.
Un perro y un pequeño gato totalmente desnutridos acompañaban a los cuatro, varias matas de mango rodeaban la casa, pero el cuadro más desolador estaba en el interior de la vivienda; la entrada estaba marcada por un piso de cemento roto y empolvado, un poco más allá la cocina y una mesa que hacía las veces de gabinete y estante, una nevera muy antigua formaba parte del escaso mobiliario. No vi sillas por ninguna parte, tampoco vi una gran cantidad de cosas que solo llenan espacios, pero que no hacen falta, no para vivir sino para recordarnos que vivimos apegados a enseres sin vida, que no se mueven, no se ríen como los morochos y la niña de Yaneth.
Sentí un hueco en el estómago cuando vi todo lo que no tenía, pero ella sonriente y amable como nunca, en su casita de Botalón. No hay tristeza en su rostro, esa que vemos en muchas personas quienes se han quedado solos en una mansión con solo trastos, cuadros costosos y sin un milímetro de felicidad. Sentí ese desconsuelo por un rato, después me di cuenta de lo verdaderamente importante que la vida nos da y que nos quedamos ciegos ante lo que significa estar rodeado de sonrisas como la de los niños de Yaneth. Eso no tiene precio.
Seguidamente todos participaron en mostrarme cómo vivían, con risas por todo lo que yo les decía, parecía que era la primera vez que alguien los visitaba, se veían alegres en verdad, trataban de darme todo lo que no tenían con sus movimientos y ojitos alegres, ¡fue grandioso!. Nunca vi tanta felicidad reflejada en un rostro. Los morochos mostraban y la niña reía. Que visita tan peculiar la de ese día, inolvidable por el calor humano que reflejaban cada uno de ellos. Entonces mi desconsuelo se lo llevó la brisa que había en el lugar, golpeó lejos y no lo sentí más.