09:17 a.m. | 11/07/2012 |
Reportado por: Andrés Eloy García Vargas
Después de las 12
Sucedió un mediodía cuando después del almuerzo caminaba solo por las calles de los alrededores donde trabajo. Pensaba, en aquellos días cuando solo y despechado andaba por estos mismos lugares, vinieron a mi mentes aquellas jóvenes y volviendo al presente me preguntaba que será de sus vidas, donde andarán, se casarían, cuantos hijos tendrán, se habrán divorciado, serán viudas, abuelas o se morirían…
De repente y tal percibo como que alguien se ha dado cuenta de mi existencia.
Fue algo así como una invocación, me conseguido con una de ellas. Pronunció mi nombre con asombro y alegría, igual como lo hice Yo con Ella. Conversamos un rato intercambiamos correos electrónicos. Y las cosas se fueron dando, como no se dieron hace más treinta años.
Seis meses después casi para Navidad…
Entonces llego el día. Llegando casi a mi casa recibo un mensaje telefónico, no tenía su número grabado, leí los mensajes “Hola como estas”. No contestaba, Yo iba manejando. Hasta que me detuve en el Centro Comercial a contestar los mensajes. El último decía:
-¿Te puedo llamar? Soy A. E.
Entonces entendí el sentido de aquellos mensajes y quien era su remitente. Y respondí:
-Si…
Creo que conteste el celular sin repicar.
-¡Hola que tal…!
Quedamos de acuerdo para vernos la tarde del siguiente día. Y así fue, nos encontramos a la hora fijada y en el sitio acordado. Me hubiera gustado haberle regalado Rosas Rojas en botón o haberle comprado una prenda íntima, pero la premura no dio tiempo. Llegamos al destino que teníamos previsto con más de seis meses de antelación a ejecutar un plan añejado en el recuerdo de lo que no fue.
Luego de entrar y ubicar el carro en sitio y haber cerrado aquel portón, casi instantáneamente nos agarramos y nos devoramos el uno a otro y nuestras manos se paseaban por nuestros cuerpos palmeándonos y a la vez como borrándonos del tiempo antes de subir la escalera y llegar a la habitación. Al entrar como carajitos destapando regalos en Nochebuena nos consumimos el uno al otro. Lo escribo y todavía no lo creo. Nos dieron la una, las dos, las tres, las cuatro, las cinco y más. Hicimos demasiado desde conversar desnudos, contemplar nuestras redondéces curvilíneas, tomarnos media botella de güisqui. Y hacer varias veces lo que íbamos hacer…
Andrés Eloy García Vargas