10:43 a.m. | 14/07/2012 |
Reportado por: Víctor Soledad
Dolor bajo la carpa
La calina aún envolvía el cielo barquisimetano un domingo de agosto, cuando llegamos de Caracas con dos actores que rodaban una película en 1970; uno de ellos mejicano. Este último deseaba saludar a sus compatriotas que se encontraban de visita en Venezuela; ambos querían vivir una experiencia cirquera. Al llegar al hotel donde se hospedaba el director y dueño del circo, fuimos recibidos por éste con una mala noticia, uno de los hijos de una bailarina había fallecido al caer de una litera. El dueño ordenó y costeó la tramitación y el entierro del infante. Los compañeros de la madre doliente, payasos, acróbatas, bailarinas, domadores, tramoyeros, luminitos, obreros, y hasta el mago, acompañaron esa mañana a la dama, a efectuar los trámites legales y a darle cristiana sepultura a la criatura.
Todos sentimos un inmenso dolor por lo sucedido, la alegría que nos acompañó en el viaje, ya no estaba en nuestros rostros. Fuimos a pasear por la ciudad y esperar la función.
Regresamos al circo alrededor de las dos de la tarde; aún pensábamos, que tal vez suspenderían la función, pero no fue así; la boletería estaba abierta, el vendedor de algodones con su ruidosa máquina nos incitaba a endulzarnos. Tomamos asientos en la primera fila, en las sillas metálicas. Se encendieron las luces de colores y sonó la música para comenzar una función más del fantástico mundo del circo. Allí salieron todos sonrientes, con sus exagerados maquillajes, incluyendo la madre del niño; el show debía continuar.