09:32 p.m. | 20/03/2012 |
Reportado por: Lizeth Baptista

El deseo de no verlo morir
La noche serena, llena de música y festividad. La luna brillaba como nunca antes o al menos eso creía yo. A mi alrededor múltiples voces retumbaban mis oídos. Rodeada de amistades, de personas que crecieron junto a mí, disfrutaban de aquel sábado 26 de junio del año 2011, cuando se celebraba la fiesta en honor a San Juan Bautista.
Todo lo que allí sucedía se reflejaba en una enorme tela blanca. Estaba en espera de alguien pero no imaginaba quién, hasta que llegó mi amigo (a quien consideraba mi hermano), vestía pantalón blanco, suéter morado, gorra blanca, iba vestido acorde a la ocasión; se veía hermoso, sonriendo me saludó y de una vez me hizo saber lo bella que lucía esa noche. No esperó mucho tiempo y me invitó a bailar.
Las horas corrían mientras que el lugar se aglomeraba de gente, la mayoría eran jóvenes, quienes querían solo divertirse y disfrutar de la “celebración”, si así se le podría llamar.
En todo momento estuve al pendiente de lo que hacía mi amigo Hearisthon, puesto que desde tempranas horas tuve un presentimiento estaba asustada, quizás o tal vez nerviosa porque recordé por un segundo el horror que había ocurrido el año anterior, el cual presencie con lágrimas (cuando vi morir a un vecino por unos disparos), de manera tal que no quería volver a vivirlo y mucho menos con un protagonista como él. Y así fue, desgraciadamente mis temores se hicieron realidad.
El sudor corría por los cuerpos, el calor era cada vez más intenso, cuando en medio de un baile escuché unos disparos que no alcancé a contar en el momento, pero que me hacían entender que temía por mi vida y por las de mis compañeros. Cerré mis ojos, tapé mis oídos, los sonidos eran aterradores junto a los gritos de las demás personas.
Cuando logré abrir mis ojos comencé a buscar a mis conocidos; uno de ellos y por el que más me había preocupado horas antes se encontraba en suelo, en medio de un inmenso círculo que apenas dibujaban los sujetos, quienes observaban el agonizante cuerpo.
Un manchón de sangre en la ropa me hizo comprender que mi amigo no estaba bien, quise correr de inmediato para darle mis palabras de aliento para que no muriera, sino que luchara por su vida; sin embargo, no fue posible, diversas manos me atajaban, me hablaban y sólo escuchaba susurros. Sentía un enorme vacío en el pecho, me faltaba la respiración, quería creer que era un sueño.
No podía borrar de mi mente lo que había sucedido, jamás pensé perder a una persona que significó y significa tanto en mi corta vida. Sin hacer nada, esa noche me dirigí a mi casa, rezaba, tenía esperanzas, esperanza que duró menos de dos horas con una llamada telefónica, en la que me confirmaban su muerte, no me pude contener y un enorme grito salió en lo más profundo de mí, caí al suelo, mi madre trataba de calmarme pero fue casi imposible y la manera de lograrlo fue el colocarme un sedante.
Hora más tarde me encontraba vestida de negro, en una pequeña sala, con pañuelo en mano, envuelta de dolor, completamente bloqueada, estaba en shock.
Su mirada fija, cuerpo inmóvil, sus manos entrecruzadas, me llenaban de rabia, primero con migo misma, me culpaba porque no había hecho nada para salvarlo y segundo con Dios, ya que no entendía porque le daba fin a un joven que tenía un mundo completo por vivir, me dolía mucho su partida.
Lo mismo observaba en su madre, que a través del llanto exclamaba con palabras de dolor:
-¿Por qué Dios mío, porque te llevaste a mi hijo? si lo vi crecer y ahora lo veo en un ataúd.