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05:41 p.m. | 02/08/2012 |
Reportado por: Alfredo Orea Borrego
El velorio
El cuerpo octogenario yace en la urna luciendo el mejor rostro que puede lograr la magia del maquillaje póstumo. Otea en derredor el misterioso álter ego del difunto. Un penetrante y desagradable olor a sepultura acentúa su presencia. Los fastuosos ramos florales dan al ambiente un toque de incómoda confusión dividida entre el esplendor primaveral y el más devastador verano. Los dolientes más cercanos se mueven de un lado a otro sin saber a ciencia cierta hacia dónde arrastrar su dolor.

No es momento para el análisis ni para el pensar profundo. La ofuscación invade todo: la mente, los sentimientos, el espíritu, y los pies encuentran espinas en la lisura de un piso brillante y odiosamente oscuro. Hasta el silencio es odioso: crea una sensación de oquedad infinita, opuesta a la búsqueda de una respuesta al inevitable porqué. Y los rostros contemplativos dejan entrever cómo se desplaza la interrogante aquí, allá y más allá, de mente en mente, de un sillón a otro, sin hallar un asidero real y definitivo, dada la nula capacidad de respuesta imperante.

Llantos esporádicos rompen el silencio. Son llantos necesarios porque apaciguan el sentimiento de impotencia y contribuyen a drenar el pesar. Como mensajes celestiales, fluyen diversas palabras de aliento, provenientes bien del afecto auténtico, bien de los meros convencionalismos sociales, pero propicias al fin y al cabo para nutrir al alma.

La circunstancia mueve a pensar que la inteligencia humana da para todo, pero aún no alcanza a descifrar el misterio de la finitud ni –al menos en esta cultura- cómo afrontar con naturalidad lo que ya viene anunciado con el alumbramiento.

Entre los presentes, algunos jóvenes esbozan sonrisas nerviosas y cargadas de energía, estimulados desde el subconsciente ante la “certeza” de cuán lejos se encuentran de ser velados, posibilidad que se antojan de percibir totalmente ajena a su contexto. En una hilera de asientos, los más viejos, fijando su vaga mirada en el féretro, esperan pacientemente su turno casi predecible. Saben que llegará el momento en que no habrá lugar para preguntas. Pero ¿habrá respuestas al otro lado de la frontera?

Alfredo Orea Borrego
Alfredorea23@yahoo.com
Caracas, 31 de julio de 2012


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