04:37 p.m. | 16/08/2012 |
Reportado por: José Armando Rondón Rangel
Entierro de malandro en Mérida
Quien iba a pensar que en la bucólica y apacible Mérida, ciudad de los Caballeros, estudiantil y turística como se le conoce, hasta hace unos pocos años atrás, era un emporio de tranquilidad y paz ciudadana, cualidades reconocidas por muchos visitantes foráneos de los más recónditos lugares del mundo, que incluso, la llegaron a comparar con muchas urbes europeas donde la calidad de vida es notoria, dada la interrelación armoniosa de sus habitantes con el medio ambiente y el respeto a las normas de convivencia entre sus ciudadanos. Sin embargo, ese crecimiento espacial incontrolado, ha causado en parte, el deterioro ambiental que sufrimos en la actualidad, aunado al irrespeto de las normas de convivencia, llevándonos a tener una ciudad en la actualidad con múltiples problemas que en nada nos distancian de cualquier otra ciudad del centro del país.
Hasta hace unos pocos años atrás, en esta ciudad, los actos relacionados con el entierro de difuntos, siempre se enmarcaban en un contexto muy conservador y litúrgico, acompañados como siempre, por la tristeza y congoja de familiares y amigos; quienes al momento de la inhumación, era toda una manifestación colectiva de dolor, sentimientos y solaridad. Era muy común, ver como los difuntos se velaban en sus casas, preferiblemente en la sala principal, donde los familiares compartían con vecinos y amigos, durante toda la noche, los tradicionales rosarios rezados, por algún amigo de la casa; acompañados casi siempre, por comelonas, café, hierbas aromáticas, y el infaltable “michito andino”, para combatir el terrible frío de la madrugada andina.
Pero en estos tiempos modernos, estas costumbres y hábitos fúnebres de la población, han cambiado notoriamente debido a la influencia comercial y la inseguridad, que aqueja a toda la población. Estos hechos, han desplazado al culto del velorio, a las llamadas capillas velatorias, verdaderos monumentos fúnebres, parecidos a casinos, donde por una noche, todo se paga, a no ser que se tenga un buen seguro mortuorio, o si no, a costa del sufragio de los ya menguados recursos de los familiares.
En esta oportunidad, y si no fuera por la imagen central de la foto que acompaña a esta crónica, diríamos que corresponde a una ofrenda floral común y corriente de un entierro, de las tantos que se dan todos los días en nuestros pueblos y ciudades de nuestro país. En efecto, es una corona colocada sobre la tumba de un joven, que al parecer andaba de malas juntas, y fueron sus compañeros de juerga, quienes al momento de su sepultura, quisieron rendirle homenaje con el símbolo que lo llevó hasta esos confines, como son, los caminos que están fuera de la ley y el orden: “una pistola”. Esto sucedió en el camposanto de la Inmaculada, en la ciudad de Mérida, hace pocos días cuando dábamos sepultura a nuestro entrañable colega y amigo el Ing. For. Luis Enrique Lopenza. Todo transcurría normalmente, como siempre suceden en estos actos, gente compungida, carrozas fúnebres, el pésame a los familiares; pero cual sería nuestra sorpresa, que al final del acto fúnebre, se escucharon varias detonaciones de armas de fuego, hechos por sus compinches motorizados en su honor; lo que condujo, a que muchos de los asistentes salieran como alma que lleva el diablo, en una estampida veloz ante el temor de ser alcanzados por los múltiples plomazos de los afligidos amigos del muerto.
Parece una crónica de una novela de misterio al mejor estilo de las películas de acción que diariamente vemos en nuestra televisión, pero ocurrió aquí en Mérida. Así están las cosas por estos lares…