10:37 a.m. | 03/02/2012 |
Reportado por: Mayda Chacín
Garbanzo en servilleta
La primera visita a la escuela la realicé un día martes, fui llevada allí por la profesora Rea, mi intención era conocer y hablar con el director, el señor Martin Porter. Llegamos aproximadamente a la 9 am, había algunos alumnos alrededor de la escuela y pude apreciar en pocos minutos que aquella construcción había tenido su época de oro, pero de eso hacía mucho tiempo, y ahora lucía a duras penas restos de lo que, un día, fue su vestido de fiesta, ahora convertido en harapos.
Me inundó un terrible olor tan pronto como alcancé la puerta de entrada y fue aún más penetrante a medida que avanzaba hacia la oficina donde se encontraba el resto del personal. Me impresionó tanto una figura que a primera vista era difícil de reconocer, tuve que contener mi aliento para no lanzar un grito de terror, cuando mi vista se acostumbró al espectáculo pude detallar mejor el personaje y comprender que se trataba de una mujer con cara de hombre; su cabeza estaba cubierta por minúsculas trenzas que le colgaban hasta el cuello, su labio inferior estaba muy lejos del superior y al igual que las trenzas, éste le colgaba hasta la mandíbula.
También pude apreciar que parte de su barbilla y su cuello estaba cubierto de abundante vellosidad, el cual le daba un aspecto repugnante y antihigiénico, sus senos eran prominentes y todo su cuerpo estaba mal distribuido; estomago y vientre abultados, piernas peludas y regordetas, sus brazos tenían la misma vellosidad que la barbilla y sus manos mostraban unos dedos ásperos y torcidos con uñas desiguales y completamente mugrientas.
Estaba sentada sobre una silla de material de plástico y frente a ella estaba la máquina de escribir. La profesora Rea nos presentó y supe que ella era la secretaria de la escuela, su nombre era Merle. Casi no se movió de su asiento, solo mostró una media sonrisa donde se veía su encía desnuda por la falta de algunos dientes. La profesora Rea me dijo que esperara a que la secretaria me dijera que podía pasar al recinto contiguo donde estaba el señor Porter. Luego de algunos minutos ella hizo un movimiento de aprobación dirigido a mí para indicarme que pasara.
El señor Porter me recibió cordialmente, estrechó mi mano e invitó a sentarme, lo hice inmediatamente y comenzamos a hablar de mi solicitud de trabajo como docente, me indicó que comenzara cuando yo quisiera, y que además le alegraba tenerme allí ya que hacía falta personal, señaló que esto era debido al bajo salario y a las pésimas condiciones habitacionales destinadas a los docentes, cuando éstos palpaban la situación se esfumaban y recalcó que esto sucedía con mucha frecuencia. También me explicó que la institución carecía de casi todo. Mientras hablábamos pude detallar su figura, era un hombre de unos 42 años aproximadamente, era más bajo que alto, un poco gordo sin ser obeso, algo de barba cubría su cara y lo hacía ver aún mayor, de vez en cuando sonreía con una sonrisa clara y abierta. Vestía con sencillez como todos los demás.
Al empezar a trabajar descubrí que Merle también era madre, todos los días antes de las 12, su retoño acudía a nuestra escuela para compartir almuerzo con su madre, podía ver su cabecita por la ventana recorrer la distancia entre su escuela y donde Merle trabajaba, ella lo esperaba ansiosamente, cada día era como el primer día, lo abrazaba, le daba mimos y luego comían juntos. Ambos terminaban sucios y grasientos, pero los dos eran muy felices, reían y jugaban hasta despedirse, ella lo veía perderse y de vez en cuando le gritaba que siguiera su camino.
El tercer día de trabajo, durante el receso, compartí en el minúsculo espacio, con profesores y por supuesto con Merle a quien estuve observando aproximadamente hora y media, ella ha estado sentada allí mostrando sus peludas y regordetas piernas leyendo una novela romántica. De pronto vi que tomó alguna golosina de una bolsa dejada en el estante por algún alumno, lo hizo casi a escondidas, en ese momento entró el profesor Sessen y comenzó a sonar la campana llenando el lugar con un sonido agudo y desagradable por espacio de tres segundos.
Para mi sorpresa Merle volvió a tomar algo de otra bolsa que no le pertenecía, esta vez fueron algunas grageas de una medicina dejada allí por otra alumna, escogió entre cinco y seis, las colocó en un pedazo de papel y las guardó en su raída cartera.
Aquella mañana el espectáculo fue digno de un público más numeroso. Fue algo tan inusual para mí que hasta lo disfruté y pensé que nunca lo olvidaría, al principio me pregunté para qué la profesora Marie trajo la olla de presión ése día, luego comprobé que la misma fue llevada al aula donde se enseñaba cocina, y allí mismo cocinaron garbanzos. Después la olla fue colocada en la pequeña mesa donde Merle tenía su antigua máquina de escribir, ahí estuvo hasta que cumplió su labor de ser vaciada por las manos ávidas y ásperas de los hambrientos alumnos.
Merle destapó la olla, luego tomó una bolsa de papel grasienta y con restos de algún otro alimento y la fue destrozando poco a poco obteniendo varios trozos convirtiéndolos en servilleta, y la función comenzó, llegó el primer candidato a la olla, preguntó por garbanzo y Merle a toda respuesta agarró un trozo de la bolsa y depositó allí, utilizando una cuchara, algunos granos, cerciorándose de que no fueran más de siete u ocho granos en total, se lo entregó al alumno y recibió en pago un dólar guyanés, así continuó hasta agotarse el contenido, se veía feliz en esta actividad, y los alumnos fueron pasando uno a uno a recoger su garbanzo en servilleta.