12:29 a.m. | 16/07/2012 |
Reportado por: Ali C. Hernández
La brujería de los sapos acabó la fiesta
Lo que cuento ocurrió un día de San Rafael, hace más de cincuenta años, en mi nativa Valle de La Pascua, un secreto que vengo a develar ahora. Protagonista fue Vicente, amigo mío desde la infancia, a pesar de la enemistad entre mis padres y su abuela Cirila, una vieja borracha que insultaba a los vecinos, amenazándolos, además, con meterle un sapo en la barriga.
Vicente siempre fue tremendo y sus tremenduras famosas en el barrio San Miguel, donde vivíamos. Pero, en el fondo, era un muchacho noble, fiel y excelente amigo.
En más de una ocasión le robó las gallinas a la abuela para celebrar el cumpleaños de un amigo. Para los quince años de una noviecita, Vicente regaló un lechón que la abuela estaba engordando. Al día siguiente, Cirila insultó a los vecinos y los acusó de ladrones.
Ese día de San Rafael, desde tempranas horas de la tarde el “Mocho” Rafael (le habían amputado una pierna) y su mujer Rafaela celebraban su santo con arpa, cuatro y maracas. Y, por supuesto, un tremendo “cruzao” de gallina y res, el cual se cocinaba en el patio del rancho de zinc y bahareque donde habitaban.
Al anochecer, Vicente y otros muchachos del barrio también decidimos disfrutar del joropo y de los bailadores.
“Sabes, Alí, mi abuela dice que si uno agarra dos sapos, los amarra por las patas y los tira en el patio de una fiesta, ésta termina en una pelea”.
Acto seguido nos vimos buscando sapos. Los amarramos y Vicente se encargó de lanzarlos al patio. Pero, lamentablemente, los animales cayeron en la olla del sancocho. Decidimos esperar para ver si era verdad la “brujería”.
En un descanso del conjunto, Rafaela salió a echarle un ojo al “cruzao” y no podía creer lo que estaba viendo. Dos abombados sapos flotaban en la olla.
-“Mocho”, ven acá, le echaron dos sapos al “cruzao”, gritó Rafaela desde el patio.
De inmediato se formó el zaperoco. “El Mocho” se armó de un filoso machete y apoyado en su muleta salió al patio vociferando acusaciones y amenazas de muerte contra un vecino con quien tenía un viejo pique, y que, casualmente, se había marchado momentos antes.
Asustados, Vicente y yo también huimos. De aquella maldad del amigo y de la cual fui cómplice, guardé silencio. Años después me enteré de la muerte de Vicente. Lo asesinaron de un escopetazo en la redoma a la entrada de Valle de La Pascua. Era muy enamorado. Dijeron que lo mató un policía al que Vicente le había seducido la hija.-
Alí Hernández Carpio.
Alic3105@hotmail.es