06:20 p.m. | 11/07/2012 |
Reportado por: Cristofper Martínez
La confesión del abuelo
Yo, Leoncio Perdomo, venezolano, declaro que yo y sólo yo, soy el único responsable de las misteriosas desapariciones de los dulces de lechosa que han ocurrido recientemente en la casa. Declaración que hago para, de una vez por todas, limpiar el digno nombre de mi estimado nieto Domingo, que hasta este momento y por ser el menor de la casa –lo cual me parece discriminatorio – ha sido acusado injustamente de ser el culpable.
¿La razón de mis actos? Bueno, es que ese olor de melao de papelón calientico que sale de la cocina cuando mi amada Dinora comienza hacer ese dulce exquisito, me alborota el estómago y me desconcentra, y no hay prescripción médica, ni riesgo de diabetes, ni naítica en esta vida que me tranquilice más, que escabullirme a media noche y agarrar mi porción de ese almibarado demonio que se llama dulce de lechosa.
Sí, sé bien que me hace daño, que me sube el azúcar, que si el colesterol, que si la circulación, pero es que a mis setenta y pico de años considero que soy capaz de decidir, ¿o no?... Además, ¿qué es entonces la vida sin esos gustazos que nos alegran los días? Por eso, yo me declaro culpable ante la debilidad de mi paladar y asumo mi responsabilidad. Y por cierto, las polvorosas que estaban en la despensa…, no se la comieron ningunas ratas, fui yo. Así como las galletas de mantequilla, los ponquecitos de chocolate y pare usted de contar.
Bueno, no tengo más nada que confesar que este terrible pecado de la gula. Y esta declaración la escribo para que sea leída después de mi muerte, pérdida de facultades o locura total, lo que ocurra primero. Por el momento, que mi nietecito Domingo me perdone por los regaños y castigos que en mi nombre ha soportado… y que seguirá soportando.
Cristofper Martínez
neoclas16@hotmail.com