07:48 p.m. | 08/02/2011 |
Reportado por: Juan Rodríguez
La pandillita
Corrían los años 60. Estudiando yo el tercer grado, pertenecía a una pandillita de la estudiantina de la escuela que utilizábamos el tiempo libre para jugar pelotica de goma y ajedrez, coger frutas de los árboles silvestres, recolectar hojas, insectos o cualquier otra cosa que asignara como tarea la maestra, cortar bambú para hacer artesanías y bañarnos en las quebradas de La Hacienda, hoy parte de la parroquia Caricuao, la cual no había sido todavía urbanizada y por cuyas correntías fluía abundante agua fresca y cristalina, especialmente en época de invierno. También había en la zona una pandillita de otra escuela dedicada casi a los mismos menesteres que la nuestra, a la cual pertenecía un niño que por ser gordo y rubio le llamaban cariñosamente Manzana. Al tropezarnos ambas pandillitas, la mía cantaba irónicamente en coro ¡Manzana!, ¡Manzana!, ¡Manzana!, lo que a ellos mucho enfurecía al no poder desquitarse por ser minoría. Un buen día, caminaba yo solo por las calles del sector, cuando repentinamente salió de entre un callejón la pandillita de Manzana, reclamándome enérgicamente la acostumbrada jugarreta y con manifiestas intenciones de aporrearme o “darme una sala”, o sea, caerme entre todos a golpes. Al no tener alternativa por estar rodeado, de pronto se me ocurrió explicarles que yo no era el que creían porque acababa de llegar ese día de Barinas, donde vivía y seguramente se referían a mi hermano gemelo muy buscador de pleitos, que ya me encargaría yo de recriminarlo. Al principio, no me lo creían, pero después de mucho insistirles, me dejaron partir ileso. Más nunca participé en el chalequeo y al final nos hicimos todos amigos y, cuando nos encontramos hoy en día, recordamos con nostalgia aquellos momentos tan felices que vivimos.