01:11 p.m. | 15/06/2012 |
Reportado por: Alonso Dávila
Niños perdidos
Lo que narraré me sucedió en Morelia, Michoacán, México, siendo estudiante de medicina en una universidad azteca, muy chamito me casé con una mexicana y nos nació un varoncito. Al tener el niño alrededor de 2 años y medio de edad, y estando toda la familia, una gran familia por lo numerosa, y en una enorme casa de dos plantas, propiedad de mis suegros y estando reunidos una gran cantidad de niños, por un rato no noté la presencia de mi hijo.
De inmediato lo busqué, primero dentro de la casa, cuarto por cuarto, baño por baño, balcón por balcón, luego en los jardines, mi suegro tenía muchísimas matas de manzana y peras y nada, del otro lado de la casa, revisé las dos piscinas, la de adultos y la de niños y nada.
Para terminar de complicar las cosas también desapareció Liz, de 3 años y prima de mi hijo.
Se armó el borlote o trifulca ante la ausencia de los niños, de inmediato un cuñado se paseó en bicicleta por la urbanización, los otros cuñados en sus autos fueron extendiendo la búsqueda, y ni que contar los llantos de las madres y demás mujeres de la familia.
Todo fue infructuoso.
En un momento me dije para mis adentros...Calma... Alonso, recapitula los sitios investigados...y así lo hice...sala por sala, cuarto por cuarto, hasta que en la última habitación, la de los recovecos, como le decía mi fallecida madre, y dentro del closet, observé un cúmulo de sabanas y cobijas de uso en el invierno y debajo conseguí a los dos angelitos profundamente dormidos.
Di el grito del hallazgo, entre alegría y el susto, no sabía si reir o llorar, pero ante tamaña experiencia se mandaron a colocar cerraduras a todos los closets de la casa.
Rememoro esto, cerca del Día Internacional del Padre. Ya mi hijo es ingeniero mecánico y Liz Trabajadora Social, ambos casados y con hijos y hoy les dedico a esos cuarentones mi anécdota.
Alonso Dávila
al-da-4@hotmail.com