11:34 p.m. | 28/05/2012 |
Reportado por: Alí C. Hernández
No eran sanforizados
En mi nativa Valle de La Pascua, por la década de los 50, cuando uno era promovido al quinto grado le llegaba la hora de alargarse los pantalones, un antiguo ritual en desuso del que solo nos acordamos algunos viejos. Los muchachos de mi edad soñábamos para ese momento hacerlo con unos pantalones vaqueros, para lucirlos como el muchacho de las películas del oeste: con el ruedo doblado varias veces y un ancho de unos cuatro dedos. Wrangler y Lee eran las marcas codiciadas de los jeans (importados) de esa época y de cuya durabilidad daban razón los muchachos que los heredaban de sus hermanos mayores. Promovido con buenas notas, mi madre se apareció un día con el codiciado regalo. Mis primeros pantalones largos y mi primer jean, en los que cabía ajustadamente mi delgadez de aquellos tiempos. Doblé cuidadosamente los ruedos y esperé al día siguiente para el estreno y el alargamiento oficial de pantalones asistiendo a misa. Después del santo oficio, me reuní en la plaza Bolívar con varios condiscípulos y amigos, entre ellos Saúl Ledezma, hoy connotado abogado y viejo como yo, a quien la Chicha, su abnegada madre, le planchaba los pantalones Ruxton sacándoles un almidonado filo inquebrantable. Saúl de inmediato se fijó en mi cambio. “Eso, Alicate, estrenando bluyín!”, me dijo, para después sumirme en la decepción cuando con “docta experiencia” me señaló que mis pantalones vaqueros no eran de marca ni “samforizados”, es decir, que adolecían de un tratamiento especial que evitaba el encogimiento de la tela al mojarse. Del tiro se me quitaron las ganas de jugar y me fui para la casa, donde mi madre respondió a mi inquietud diciéndome: “muchacho ¿tu sabes cuánto cuesta un pantalón de esos?”. Todo quedó sobre entendido. Durante los sábados y domingos de casi dos meses estuve usando mis pantalones vaqueros con el cuidado extremo de no ensuciarlos para evitar su lavado, a fin de extremar su uso. Hasta el día en que regresaba de hacer un mandado y me cayó un palo de agua encima.
Alí Hernández Carpio (CI: 3217940)
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