01:08 p.m. | 25/07/2012 |
Reportado por: Juan Rodríguez
Recuerdos del terremoto de 1967
Acababa de marcar el reloj las 08:02 pm del sábado 29 de julio de 1967 y estando algunos vecinos reunidos en el bulevar de Antímano comentando animosamente los últimos acontecimientos ocurridos en la programación de lucha libre y acerca de las comparsas presentadas días antes en dicho lugar con motivo de la celebración del Cuatricentenario de la ciudad de Caracas, cuando repentinamente se dejó sentir un intenso y sostenido movimiento de tierra acompañado de un monstruoso y amplificado ruido venido de todas partes.
El ruido era al que se produce cuando se arrastra cuesta abajo un pesado cajón por una rugosa calle de cemento, con el balanceo de las dos cadenas de montañas paralelas que flanquean la parroquia por el norte y el sur y que distan casi dos kilómetros una de otra, como si éstas se acercaran y alejaran para chocar entre sí y tragárselo todo.
La brisa se contuvo, las luces parpadeaban, las nubes se acumulaban en lo alto en feroz vorágine y el cielo enrojecía pareciendo que se iba abrir de par en par. La confusión era generalizada y los presentes, como quienes están en el umbral de la muerte, paralizados por el miedo nos mirábamos muy angustiados. Todos temíamos lo peor. El martirio tardó casi sesenta segundos que parecieron interminables. Finalizado el evento se produjo un fugaz silencio el cual fue roto por unas señoras que gritando de la desesperación se persignaban aterradas hincándose de rodillas en el piso para elevar sus oraciones al cielo en señal de arrepentimiento, por el murmullo de las demás gentes y de una ligera llovizna que duró casi hasta el amanecer del día siguiente.
Mucho tiempo nos tomó recobrarnos del aturdimiento y, después de comprobar que todo estaba normal en nuestras casas, en familia recorrimos el sector a verificar lo que pudo haber sucedido a los vecinos, de los cuales algunas de sus viviendas sufrieron pequeños agrietamientos.
Parecía un 31 de diciembre cuando todos salían de sus casas a darse el feliz año, solo que en esta circunstancia lo que se procuraba era saber el estado de los demás para prestarles ayuda en caso de ser necesario.
Era la más sublime manifestación del espíritu gregario o conducta tribal que todos llevamos dentro. Afortunadamente no hubo en la parroquia nada grave que lamentar. Mientras transcurrían las horas y se dejaba escuchar el llanto de los niños, casi nadie se atrevía a ingresar a sus residencias por temor a las réplicas que no dejaron de faltar, congregándose la gente en la Plaza Bolívar del sector, algunos con carpas y otros a improvisar refugios con cartones para pernoctar allí en la noche con sus familiares.
Al día siguiente muy temprano en la mañana, al salir el sol lo cual lo hizo más radiante que nunca, sin que nadie hubiera podido conciliar el sueño, mientras bandadas de pájaros canturreaban alegremente mientras volaban en las ya despejadas alturas como dando los buenos días, señoras generosas que se atrevieron a no salirse de sus casas que ofrecían café a los refugiados, en tanto que la gente se saludaba más afectuosamente que de costumbre, el comentario generalizado era que se habían producido muchos muertos y heridos por la afectación de varios edificios en Altamira, Los Palos Grandes y el Litoral Central, así como se había detenido, a las 8:02 horas, el reloj de la Catedral de Caracas, luego de la caída de la Cruz desde lo alto de dicha iglesia, que al chocar contra el pavimento dejó una imborrable huella como una señal divina y que ese abominable terremoto ya había sido vaticinado por alguien. A todas luces el tiempo continuó su ritmo. A los pocos días nos enteramos que en el mismo momento del sismo, a escasas cuadras de donde nos encontrábamos, estaban unos músicos grabando canciones, dejando los equipos encendidos por salir apresurados a la calle, tras lo cual quedó registrado para la historia el odioso ruido de ése infausto terremoto que cobró más de doscientos muertos y miles de heridos según la prensa de la época.