Luis Alfredo Rapozo.- El domingo, Victoria se vistió muy linda, con su licra negra y una bella camisa rosada con un estampado de muñecas en el frente, el cual hacía recordar, permanentemente, que era una niña de 9 años.

Fuimos a ver una pequeña exposición de pintores chinos, llamada “China cruza el océano”, auspiciada por la embajada China. Así que recorrimos todo el museo y no pudimos ver una película infantil porque llegamos tarde a la sala de la cinemateca.

Entonces, cruzamos la Plaza de los Museos y entramos al Museo de Ciencias, donde también había una interesante exposición de animales autóctonos, africanos, arácnidos con charla incluida de un estudiante universitario, quien se lució con los niños.

Todo iba muy bien, al punto que la linda Victoria decidió hacer el recorrido nuevamente para ver a los animales, y yo decidí esperarla afuera de los museos, mientras buscaba con la vista el local de películas que queda al frente.

También, observé a los niños paseando sus mascotas caninas, niños jugando con pelotas, bicicletas, avioncitos y hasta dos mozos luchando en una especie de judo vernáculo.

De repente, el aire se puso pesado y un aroma intenso de marihuana me hizo dar un paso atrás, a la vez que una expresión indecorosa se me salió del pecho, sin pensarlo. Allí, fue cuando me di cuenta, que un grupo como de cien hombres y mujeres jóvenes, ataviados con su vestimenta “rasta”, estaban pegados como moscas a la cerca del Museo de Ciencias, fumando la maldita hierba como si estuvieran en una isla del pacífico.

Realmente detestable a considerar la cantidad de niños pululando y de familias en busca de recreación sana.

Inmediatamente, busqué con la vista a algún policía, un Guardia Nacional en el módulo policial, que queda al frente del museo, pero estaba vacío e inoperante desde hace más de dos años, según me dijo un empleado del museo. “No podemos hacer nada, señor -me dijo otro funcionario-, mientras no fumen dentro del museo”. Entonces, vi una inmensa jirafa en medio del pasillo con una mirada perdida en el tiempo y tan “enmarihuaneada” que pensé que me caería encima.

 

Luis Alfredo Rapozo

luisalfredorapozo@gmail.com

Artículo anteriorÑa Abelina Herrera
Artículo siguienteDifuntos superdotados
Luís Alfredo Rapozo Nació en Caracas, D,F el. 19 de Agosto de 1960 Estudió Sociología en la Universidad Central de Venezuela Sus artículos periodísticos han sido publicados en diferentes medios, muy especialmente en el diario El Tiempo, de Puerto La Cruz, donde fue articulista por diez años, siendo miembro del grupo Nuevas Plumas y del grupo Otras Voces con una columna semanal. También sus artículos han sido publicados en diversos medios digitales como REPORTERO24 donde colabora semanalmente durante cuatro años ininterrumpidos, semana a semana. Igualmente, ha publicado en El Republicano Liberal, El Llanero Digital, ¿Qué pasa en Venezuela? Y en otros medios en forma ocasional. Entre los libros que ha publicado se encuentran “Echando Cuentos”, “Entre cuento y cuento”, Negro Primero “El día decisivo”, “Dos años de crónicas” y “Sacalapatalajá” otro libro de crónicas políticas que comprende más de un año de crónicas semanales desde febrero 2015 a Junio 2016. Fue conductor de un programa radial en Anzoátegui “Noticias comentadas” que informaba sobre las noticias más importantes del día a nivel regional y nacional , durante los años 2006 y 2007, en Radio Patria 92.7 FM en Anzoátegui. Finalmente, Rapozo, colabora con Ultimas Noticias en la sección “Echa Tu Cuento” luisalfredorapozo@gmail.com @luisrapozo

3 COMENTARIOS

  1. -Conversando con uno de los promotores del museo de ciencias, este me contaba que a veces les cuesta mantenerse tranquilo en el lobby del museo esperando a los visitantes porque los efectos de la droga al respirarla les incide en la vista y hasta en el ánimo. Ellos han pedido colaboración a la directiva del museo para que se comunique con los cuerpos policiales y proceda a buscarle solución al asunto, pero evidentemente no se ha dado la respuesta satisfactoria. Lo se entiende por qué razón los cuerpos policiales no han procedido a darle una respuesta contundente al problema. Yo me puse a pensar la cosa y al observar a ese gentío fumando droga allí…llegue a la conclusión que se estaba formando una especie de ghetto y que si uno tiene la oportunidad de entrevistar a la policía seguramente tragarían grueso porque no sabrían dar una respuesta seria a su ineficiencia para hacer cumplir las leyes y normas…que hacen del sitio una especie de paraiso terrenal para los fumadores de cosas indebidas como si estuviesen en su casa…

  2. -Como ustedes podrán imaginar…este es un caso real. Yo me quedé pensando ese domingo muchas cosas. Una de ellas-recuerdo- es que no existe legislación en Venezuela que hable de un sitio liberado para consumir drogas y tampoco hay resolución alguna dónde se establezca que algún cristiano, transeúnte, hippy, paisano, rastafari o lo que sea tiene la libertad de poseer drogas de cualquier tipo y consumir el mismo en la vía pública. Lo grave del asunto es que no era un solo fumador o dos. Era un panal…un enjambre de fumadores que hacían ver aquello como si fuera un mercado árabe o un caserío oculto en alguna barriada asiática donde las cuchilladas podrían verse como si fueran saludos por alguna diferencia. ¿Es que no hay un monte, una playa desierta dónde estos mal vividores.porque no tiene otro nombre-, vayan a intoxicarse, sino en un sitio "cultural" de esparcimiento de la familia caraqueña?-me pregunté- Naturalmente, yo estaba sorprendido. Entonces-recuerdo-, que hice una pequeña encuesta con los comerciantes que venden agua, jugos, tortas, libros usados, películas,artesanías, y otras cuestiones que se pueden ver allí. Ellos me dijeron prácticamente lo mismo: "…que habían hecho múltiples denuncias e increíblemente, las autoridades policiales no habían hecho nada, ni siquiera aparecerse un día con unos autobuses para montarlos en una especie de redada para darles una charla y regalarle aunque sea un palmetazo en las nalgas, a modo de estremecimiento corporal. No es cuento. Estos sujetos llegan al sitio sobre las dos de la tarde como si asistieran a un concierto….es su sitio de encuentro y ante la mirada de personas como yo, que fui con una niña proceden espontáneamente como si fueran una orquesta a llenar el aire de tóxicos que inunda los espacios. "…Un domingo- me contaba un vendedor de tortas de jojoto que expende allí- salieron corriendo del museo de ciencias unos cuatro tigres disecados que hay allí y hasta un rinoceronte blanco africano, que huyeron hacia la Av. Libertador con una angustia terrible y con los ojos enrojecidos como si hubiesen visto al mismo demonio…"

Dejar una respuesta